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Opinión | Sala de máquinas

juan bolea

Epicuro

En estos tiempos de presentismo y zozobra, inmediatez y estrés, cabe buscar en la filosofía consuelo y método para disfrutar un poco más de la vida; y, quizá, incluso, para encontrar la felicidad.

Una lectura que se corresponde claramente con cualquier afán de equilibrio, pero no del procedente de la iluminación o de la fe, sino de las propias condiciones del hombre, puede ser la del sabio Epicuro. Cuyas principales obras y fragmentos acaban de ser editadas por el sello Ariel, con traducción y anotaciones de David Hernández de la Fuente y el siguiente título: 'Epicuro. El jardín de la felicidad'.

En sus asombrosas páginas, escritas sobre tablillas de arcilla, sobre muros de piedra, allá por el cuarto siglo antes de Cristo, Epicuro desarrolló su teoría del placer, su remedio contra el dolor, sus combates contra la insatisfacción, sus descubrimientos en el orden de la armonía interior.

Ciertamente, su doctrina se ha simplificado al paso de los tiempos como una mera apología de un placer extremo, dionisíaco, próximo a las experiencias orgiásticas, pero originalmente nada tenía que ver la concepción de Epicuro acerca del placer con ningún exceso. Su contención, su vinculación al conocimiento intelectual, su alejamiento de la pasión amorosa para aconsejar en su lugar el cultivo de una más tranquila amistad conformaban ese concepto como una armónica vara de medir las emociones, las sensaciones, los sentimientos, hasta moderarlo en pro de un aprovechamiento pleno de las facultades humanas.

Porque todo, en Epicuro, era humano, cuerpo y espíritu, cerebro y corazón. Nada más allá ni más acá que el cielo y la tierra como meros marcos de su quehacer filosófico. Ninguna proyección hacia la eternidad, ninguna resurrección esperaba al hombre cuyo cuerpo se enfriaba. No hay más allá, no pervive espíritu alguno, el alma que tantas satisfacciones nos dio fallece por inactividad, se extingue como un soplo en el vaho del tiempo...

Sus pensamientos y doctrinas sobrevivieron a sucesivas edades hasta entroncar con lo que, más o menos, entendemos por «modernidad». Voltaire fue un atento lector suyo, como Schopenhauer o Nietzsche. O como deberíamos serlo nosotros, si queremos beneficiarnos del sabio Epicuro.

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