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Opinión

Cuando abramos las carpetas

Ahora toca esperar y desear que se recomponga el sueño de esos niños, a los que sus abuelos hicieron socios siendo bebés

El pasado domingo, el Real Zaragoza vivió en las Palmas uno de los peores días de su historia, sino el peor, con la bajada a Primera RFEF, que no es otra cosa que la tercera categoría del fútbol masculino. Muchos años antes, en 1947 y cuando el equipo todavía jugaba en el viejo campo de Torrero, también descendió a Tercera y hubo vergüenza y lágrimas y un sinfín de corazones rotos. Hubo tanta vergüenza, contaban quienes vivieron ese momento, que hasta se escribieron poemas que se guardaron en carpetas cerradas para que nadie supiera del dolor y acaso desesperación porque el Zaragoza, el equipo que te roba los sueños que un día abrazaste, tenía que vivir largos días en los que la esperanza era una brizna rota por el aire, y remontar, una palabra depositada en un lugar inalcanzable.

La historia, tristemente, se repite y yo que soy zaragocista porque amo Zaragoza, aunque no alcance a entender esa pasión que mueve a amigos y familiares y les roba la alegría en días de partidos y jornadas ingratas, me pregunto qué ilusión los acompañará en esta nueva andadura en la que el club se ha desmoronado porque estaba desaparecido y solo la afición sustenta la esperanza de que el Zaragoza remonte, aunque ahora esa palabras también se encuentre en un lugar inalcanzable.

Siento pena, no inmensa pero sí ruge, y vuelven a mi mente palabras que definen ese amor de una forma tan delicada, que siento el trato hacia el Zaragoza en estos últimos años como una traición hacia ellos. Esos, los que amaban y aman al Zaragoza, decían: «El Zaragoza ha perdido y mañana lunes», como una metáfora de que las cosas no podían ir peor. O «quiero morir con el Zaragoza en primera», deseo que desgraciadamente no siempre se cumple. Y había otra que me resultaba inocente y me conmovía, y era cuando Félix decía: «El Zaragoza no pierde, el problema soy yo, que soy gafe» y se disputaban sobre quién era más gafe si él o mi padre, todo con tal de salvar al Zaragoza que era ardor y amor, porque sus grandes momentos iluminan la retina.

Ahora toca esperar y desear que se recomponga el sueño de esos niños, a los que sus abuelos, Pepe Melero entre otros, hicieron socios siendo bebés y que sea en unos años el grito de una nueva afición que agite y vuele alto con un Real Zaragoza que haga bellas todas las palabras que sobre él se han escrito y así podremos abrir las carpetas cerradas y leer esos poemas que son su historia más pequeña, inspiradora y cobijada.

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