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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Ibsen, amigo del alma

Los amantes del teatro están de enhorabuena con la edición de las obras de Henrik Ibsen por el sello Nórdica, con traducción directa del noruego por Cristina Gómez-Baggethun. Dos bellos volúmenes conteniendo los mejores trabajos de este gran talento de las tablas: Espectros, Casa de muñecas, Un enemigo del pueblo, El pato salvaje, Los pilares de la sociedad, La dama del mar... o la última de ellas, Cuando los muertos despertamos.

Releo Espectros, una de las míticas, con el aliento cortado por la emoción de volver a encontrarme con un texto perfecto, en el que nada falta, ni una palabra sobra. En cuyos actos el desarrollo de la trama y de los personajes se ciñe, por un lado, a la lógica; abriéndose, por otro, a la magia.

Sobre variados temas de fondo relativos a la actualidad de aquella sociedad nórdica de 1880, fecha de la escritura, Ibsen nos ofrece el dibujo de una serie de personajes extraordinarios, muy contrastados entre sí, pero al mismo tiempo estrechamente unidos por lazos de sangre, vínculos anímicos, raíces, herencias y sueños que, poco a poco, irán emergiendo de entre las convenciones sociales y familiares como espíritus malévolos, indiferentes, distintos y complejos de atrapar por unos actores que irán asimismo derivando hacia el asombro por los hechos o a la incomprensión hacia sus semejantes.

Una pieza rompedora, vanguardista, revolucionaria, que abrió puertas hacia lo que hoy podríamos entender o definir como «modernidad»; pero que, en aquella época, resultaba muy complejo no solo concebir, sino también difundir a la manera en que Ibsen consiguió triunfar en toda Europa. Llevando sus obras la bandera de una libertad individual y un libre pensamiento, pero arrastrando también una larga serie de conflictos sociales, anímicos, mentales poco tratados hasta una época en la que el psicoanálisis de Sigmund Freud comenzaba igualmente a abrirse paso.

Un ejercicio, el de leer o releer a Ibsen, que nos reconcilia con la belleza y profundidad del lenguaje e invita a sondear esos abismos que en nuestros semejantes, ayer y hoy, hacen resonar como ecos determinados gritos, perderse frases, redoblarse las advertencias y silenciar la queja y el llanto cuando allí no hay nadie más.

Ibsen... Un amigo del alma.

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