Opinión | ojo avizor

Escritor
‘Intruso’
Recientemente, durante un encuentro en un centro escolar donde se había leído mi novela Intruso, un adolescente intervino en el turno de preguntas para afirmar que «todos tenemos derecho a una segunda oportunidad». Habíamos estado hablando precisamente de eso: ¿uno debe cargar para siempre con las consecuencias de sus errores, incluso cuando está dispuesto a asumir su responsabilidad?
Intruso nació a partir de una noticia que leí en la prensa hace bastantes años, relativa a la muerte en una piscina de un joven, víctima de una novatada. Esa tragedia me impresionó, se quedó en mi memoria. De algún modo, supe desde el primer momento que, antes o después, esos hechos reales me inspirarían para construir una historia, como así ha sido. Yo me iba embarcando en nuevos proyectos literarios, pero, cada cierto tiempo, ese acontecimiento volvía a mi mente, como exigiendo su oportunidad. Yo me sorprendía pensando en el muerto desconocido y en qué habría ocurrido con los culpables, años después. Tampoco quise llegar más lejos. La escritura de Intruso ha supuesto, en ese sentido, un reencuentro con aquel episodio del pasado, el cierre de una cita pendiente a través de la ficción. Se trata de una obra que me ha permitido abordar temas que siempre me han preocupado: el abuso frente al diferente, las consecuencias de los errores en la vida, el castigo, el valor del perdón, las segundas oportunidades...
El hecho de que esta novela se sumerja en un ámbito tan hermético, tan poco conocido, como el de los delitos cometidos por menores, complicó desde un principio la fase de documentación. Yo necesitaba que Intruso reflejara la realidad de ese mundo, no quise limitarme a recurrir a mi imaginación. Por eso este proyecto ha requerido una importante labor de investigación que me llevó a visitar un centro de reforma para conocer cómo es por dentro un lugar así, para captar el ambiente, la atmósfera, y, a partir de ahí, mantener conversaciones con profesionales que trabajan en ese entorno. En mi caso, he contado con la valiosa ayuda, entre otras personas, de una psicóloga, una jueza de menores y, sobre todo, de un educador social que me estuvo asesorando a lo largo de todo el proceso. Solo cuando fui capaz de visualizar cómo es la vida en un centro de reforma y el perfil de sus internos pude completar la trama y empezar la escritura.
El mayor reto al que me enfrenté al escribir esta novela es, probablemente, la construcción del personaje de Iván, el presunto agresor de Joel, debido a que el enfoque de Intruso te obliga no solo a empatizar con la víctima, nuestro impulso natural, sino también a hacerlo con su presunto asesino. Yo, como autor, buscaba conocer esa perspectiva más oscura, lo que me ha llevado a humanizar a quien provoca el daño. Por eso es una novela incómoda en ciertos momentos. En literatura juvenil estamos acostumbrados a ficciones donde el mal y el bien se distinguen con nitidez, pero el realismo que buscaba con esta novela me ha obligado a huir de maniqueísmos y situar a sus protagonistas en esa región de grises donde nos movemos todos. Y entonces uno descubre que cualquiera puede actuar mal en determinadas circunstancias, incluso de forma intencionada. ¿Eso nos convierte en malos o simplemente en seres humanos, con sus imperfecciones, sus debilidades y sus torpezas, incluso aunque el error acarree consecuencias irreversibles? ¿Cabe el perdón?
Ya he tenido ocasión de participar en numerosos encuentros escolares sobre Intruso, lo que me ha permitido conocer de cerca cómo ha sido la experiencia de lectura del lector adolescente. Mi impresión es muy positiva, no solo por la buena acogida de la novela (mi primer objetivo siempre es que los adolescentes disfruten leyendo) sino porque he podido constatar que mi principal propósito –que Intruso se revelara como una novela provocadora, que suscitara el debate, la reflexión– se está cumpliendo. Las cuestiones que plantean los jóvenes lectores tras la lectura de Intruso son, en general, certeras y profundas: sobre el bien y el mal, sobre el dejarse llevar y la manipulación, sobre el castigo y el perdón... Intruso les recuerda que uno, como responsable de sus actos, también lo es de sus consecuencias, que hay errores que pueden arruinar una vida aunque el futuro siempre está por escribir. Y que, más allá de la violencia física, hay maltratos que no dejan marca (las humillaciones, las vejaciones) pero que sí provocan heridas que tardan mucho en cicatrizar.
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