Opinión

Periodista y escritor
¿Se puede votar al Papa?
La publicación de Magnifica Humanitatis por León XIV ha coincidido con episodios políticos significativos. El anuncio del Papa presentando una carta encíclica sobre la inteligencia artificial (IA) en el aula del Sínodo del Vaticano se produjo el mismo día en el que Donald Trump proclamaba el 25 de mayo como día de oración permanente en honor a los soldados norteamericanos fallecidos en Irán. Muertos, recordémoslo, en una operación destinada a erradicar de la faz de la tierra la civilización persa, si las cosas se torcían. Tratándose de asuntos de la Iglesia, se me escapa qué puede haber de cabalístico en semejante coincidencia. En una página del diario está la Humanitatis y en otra, la Furia Épica. Más adelante, también podemos observar que, mientras el Papa pontifica sobre el destino de la humanidad, otros aprovechan su condición de antiguos presidentes para tontear con negocios que apestan. ¿A dónde hemos llegado?
En esta dialéctica entre moral y política, la Iglesia no está libre de toda culpa. Se ha alineado, a veces, con el poder, aunque este estuviera en las antípodas de las ideas de León XIV. Durante la España de Franco, sin ir más lejos. Sin embargo, lo cierto es que el Papa supone hoy una voz lúcida, valiente, que se adentra en los misterios de las cosas nuevas, por decirlo en términos de su inspirador, León XIII. Cosas nuevas que suponen un cambio social tan prodigioso como ambivalente. Capaz de liberar al hombre de su condición de ser alienado, o de todo lo contrario. Desigualdad sin límites, autoritarismo sin freno. Incluso apocalipsis, si nadie es capaz de poner la IA al servicio del bien común y de poner en cintura a aquellos que sueñan con hacerla suya para dominar el mundo, cuál Gog y Magog.
Lean la encíclica de León XIV. Es lo más parecido a una de esas bombas que Estados Unidos utilizó en Irán. O al misil hipersónico que Putin lanzó contra Kiev la semana pasada. Con carga espiritual, porque espiritual, en el sentido más amplio de la palabra, es el reto que supone la IA. Con tanta carga como tuvo la Rerum Novarum que dio a conocer León XIII hace 130 años. Aquella encíclica estaba destinada a argumentar que las tecnologías emergentes de entonces no iban a mejorar necesariamente los salarios miserables. El capitalismo no iba a traer una jornada laboral más razonable sin intervención humana. Política. El derecho de asociación de los trabajadores no iba a caer del cielo. La Magnifica Humanitatis aborda retos nuevos con un espíritu parecido. Nos dice que la revolución digital tampoco va a traer, por sí sola, más progreso si no se aborda la cuestión de la dignidad humana en la era del algoritmo. Al contrario, puede facilitarle el camino al ecumenismo del odio que campa a sus anchas y alumbrar una nueva esclavitud. Sin regulación, la inteligencia artificial puede conducir, como ya ocurre, a no distinguir entre realidad y ficción. Una confusión propia del totalitarismo (Hannah Arendt) que atrae a los nuevos tecnooligarcas. No todos, algunos de los que comparten esta preocupación escucharon al Papa. No todo está perdido.
Le he pedido a mi IA cuáles son las palabras más utilizadas en la encíclica. Humano, dignidad, persona, justicia, paz. También Babel, como amenaza de un mundo distópico donde solo unos cuantos tengan la capacidad de decidir.
Comparen el texto sabio de León XIV con los tuits del presidente de EEUU. Son los de un niño malcriado y desalmado que tiene al mundo en sus manos. En ese sentido, frente a la degradación universal del lenguaje político, las palabras del Papa son agua de mayo. Si las cotejamos con el lenguaje de la política española es para llorar. De ahí mi pregunta: ¿se puede votar al Papa? No me refiero a un partido democratacristiano. Hace tiempo que el tsunami que barre las ideas de la Ilustración también se los llevó por delante.
Digo votar al Papa como tal. A este Papa. Creyentes y no creyentes. Cristianos y seguidores de otros dioses. Si los retos de hoy son los del mundo como tal (Magnifica Humanitatis), pongamos a alguien al mando. Hagamos unas elecciones planetarias, con cuatro o cinco candidatos. Uno de ellos debería ser Robert Francis Prevost. A ver qué pasa.
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