Opinión
Aforismos en busca de lucidez
En pleno 425 aniversario del nacimiento de nuestro Baltasar Gracián, esta vez el ejercicio de ingenio, profundidad y lucidez viene de la mano del pensador y escritor abulense con raíces vallisoletanas Mario Pérez Antolín.
En plena era del prompt y del microblogging, de los haikus y de otros poemas virtuales para esa primavera que nunca llega, los aforismos reaparecen insultantemente frescos, atractivos y atrevidos, presentándose como pasajes más que necesarios en la estela de la razón y de cualquier otra arquitectura de innovación con la palabra que busque sentimiento y reacción, tan pura como bastarda, a quien osada o accidentalmente lo lea. En pleno 425 aniversario del nacimiento de nuestro Baltasar Gracián, esta vez el ejercicio de ingenio, profundidad y lucidez viene de la mano del pensador y escritor abulense con raíces vallisoletanas Mario Pérez Antolín.
‘Idear los insólito’ es el título de su obra, ganadora del I Premio de Escritura Aforística y del Yo, convocado por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert. Un recuerdo desde aquí a mi querido descendiente suyo, el gran don Javier. «El que se decida a leer este auténtico compendio de afectos primordiales y de conocimientos transgresores se adentrará en un territorio insólito, donde nada es lo que parece y donde el pensamiento se lleva al límite». En la escritura de Mario Pérez Antolín sobresale «la belleza estilística y la ironía acerada. Dos rasgos que, junto a la enorme imaginación creativa, conforman una voz inimitable en el panorama actual de la literatura y la filosofía española».
Entre otras citas, su volumen arranca con el temor de Luis Goytisolo, «lo peor de la vida: que resulte ser exactamente lo que nos habíamos temido». Procede de su ‘Antagonía’ con la alargada sombra de Dante, y continuaba con que «un purgatorio es el que somos castigados no propiamente por las faltas cometidas, sino más bien por nuestra adscripción apriorística a tal o cual condena, a tal o cual sector o campo sometida de antemano a determinada clase de castigo», decía. Este es, pues, uno de los pórticos y caminos por el que abrir paso a nuestra conciencia, ante la cobardía de nuestra exigua e insuficiente mirilla.
Como Gil-Albert, el crisol fragmentario de aforismos íntimos y públicos que nos regala Pérez Antolín es meridiano y brillante, frases que ayudan y animan a enfocar mucho mejor nuestro horizonte vital y mortal, de la manera más incómoda y amable a la vez, de ahí su valiosa pequeña grandeza. En el diálogo y su devenir, enumero a modo de muestrario —o, dicho incluso mejor, de ‘monstruario’— mi humilde selección para la belleza, el descaro y la reflexión. En resumidas cuentas, un ejercicio de sinceridad: «De todas las potencias del ser humano, la voluntad es la más difícil de destruir; pero, una vez destruida, es también la más difícil de reconstruir. Posee la dureza de lo constitutivo y la constancia de lo durativo».
Más de Pérez Antolín: «La bajada a los infiernos tiene sus niveles. Esto se ve muy bien en los sistemas organizados de reclusión represiva. No es lo mismo ingresar en un campo de refugiados, de trabajo o de exterminio. Incluso el horror posee sus escalas». «Las contradicciones de la realidad nos salvan de la lógica aplastante y autogenerada de las ideologías». «Da lástima tanto el que llora por alguien como el que no tiene a nadie por quien llorar». «El poderoso conmina con su fuerza y el débil conmueve con su desamparo. Cada cual utiliza lo que tiene».
«Para alcanzar la libertad, hay que ser un desposeído; pero, para disfrutarla, hay que ser un poseedor». «Vivo en un país donde los nuevos validos (ahora llamados jefes de gabinete o consultores políticos) pueden ser unos auténticos inválidos intelectuales». «El deseo de llorar, de dormir o de comer acaba cuando uno llora, duerme o come. Solo el deseo de amar no cesa cuando uno ama y ama y ama...». «Tú estás del único lado que importa: del de la inocencia y la compasión». «Eso que llamamos progreso no es más que una sofisticación de la barbarie».
Pocos rincones de la naturaleza física y espiritual escapan a la capacidad analítica e introspectiva de Mario Pérez Antolín, da igual que se trate de meros detalles del acontecer más inmediato o de los más intrincados conceptos que vertebran la existencia. Eso sí, siempre parte, siguiendo la estela del humanismo renacentista, de su propia experiencia para desentrañar, después, las claves de una sociedad conflictiva y en permanente transformación, para una civilización cada vez más necesitada de la razón y su talento.
Pues como dijo Baltasar Gracián, «más vale un grano de cordura que arrobas de sutileza». Exclamo arrobas, hashtags, apóstrofes y circunflejos, o me permitan mejor acabar con un sencillo ‘arroba iacta est’, senadoras y soñadores ante la ‘boutade’ más terrible y cotidiana. Ya lo escribió el propio y añorado Juan Gil-Albert: «Vivir resistiéndose, día a día, a las ventajas de la adulación y la mendacidad, es sentar plaza vitalicia de héroe».
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