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Opinión | FIRMA INVITADA

José Ángel Bergua Amores

José Ángel Bergua Amores

Catedrático de Sociología de la Universidad de Zaragoza

La España de Zapatero

De Zapatero ya conocíamos su tendencia a las medias verdades y a las dobles mentiras. Cierto que nos sacó de una guerra que solo Aznar quiso, si bien, después de las multitudinarias manifestaciones anteriores, no tenía más remedio. No obstante, recuérdese que González presenció movilizaciones parecidas, esta vez contra la OTAN, y le dio igual. Por otro lado, también merece reconocimiento, ahora sin peros, que se preocupara por la igualdad y los derechos de las mujeres y de los homosexuales, así como de la memoria histórica. Además, teniendo que hacer frente tanto al rancio stablishment del PSOE como a los medios de comunicación afines.

Sin embargo, Zapatero no es ni puede ser ningún referente. Primero, por aquella comparecencia del 5 de mayo del 2010 en el Congreso, pues ante una de las peores crisis que se recuerda, no dudó en ponerse del lado de los malos y de sacrificar a las gentes. Acto seguido, como no podía ser de otro modo, dimitió y dejó al partido en manos de uno de sus dinosaurios, Rubalcaba, para que todo siguiera igual. Aquellos días quedó absolutamente claro, si no lo estaba ya, que no hay ninguna contradicción entre el mercado o el capital y el Estado, como sugieren las izquierdas parlamentarias, sino entre la entente que ambos conforman y las gentes. Por eso apareció el 15M.

En segundo lugar, Zapatero ha pasado también a la historia por haber frustrado el estatuto de autonomía catalán del 2006, impulsado por Maragall en alianza con los nacionalistas de entonces. La operación era importante porque exigía volver al espíritu inicial de la constitución al hablar de nacionalidades, frustrado por Felipe González nada más tocar poder, pues se sacó de la manga una LOAPA tan inaceptable que hasta el Constitucional tuvo que limitar. Pues bien, este Zapatero que había alimentado las expectativas de un nuevo estatuto y, de paso, el retorno del siempre frustrado ideal federal, al final permitió que Guerra y los suyos cepillaran el texto acordado en el parlamento catalán. Después, las bases de ERC impusieron a su partido posicionarse en contra del redactado final, el PP recurrió al Constitucional, la sentencia rebajó más aún el texto refrendado y Zapatero volvió a ponerse de lado. Por eso surgió el Procés.

Llama la atención que los máximos defensores del personaje provengan de la izquierda indignada y de algún independentista. No obstante, no deberíamos sorprendernos, pues algo parecido ocurrió con Errejón: todos parecían saber cómo trataba a las mujeres, pero le dejaron seguir alardeando de feminista. Pero es que el mismo síndrome padeció la institucionalidad entera, incluyendo a todos los medios de comunicación en ella, con el Emérito. En fin, que esta España del 78 es el paraíso perfecto para toda clase de cínicos. Zapatero es el último.

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