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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Eran españoles

Regreso con alguna frecuencia a Monegrillo porque allí la actividad cultural ofrece garantías de calidad y continuidad gracias a colaboradoras como María Jesús Solanas o Úrsula Campos. Asimismo, el alcalde, Alejandro Laguna, tiene un perfil sensible hacia las actividades culturales, frecuentes y bien programadas en su municipio.

Tampoco es infrecuente que, cuando un autor de relieve visita por primera vez la localidad, el alcalde ponga colofón a su conferencia invitándole a visitar el refugio antiaéreo de La Cueva del Castillo. Una caliza loma alzada en la parte alta del pueblo, en cuyo interior, un vientre de arena, se excavaron galerías para proteger a la población durante los bombardeos (1936-37) de la guerra civil. Aviones italianos y alemanes dejaron caer sus cargas explosivas mientras disputaban el domino de los cielos con las escuadrillas republicanas, reforzadas por modelos de guerra rusos. Aviaciones extranjeras que aprovecharon para probar nuevas armas y proyectiles.

Antes de entrar al refugio, el alcalde Laguna suele ofrecer a los visitantes una somera explicación de lo que supuso el Frente del Ebro en la comarca de Los Monegros. Verdaderas batallas campales (y aéreas, hay que insistir) tuvieron lugar en un territorio que unos y otros consideraban clave en sus estrategias de avance y defensa.

Una vez concluido su resumen histórico, el alcalde suele mostrar a los visitantes dos fotografías en blanco y negro, del mismo tamaño y antigüedad. En ambas se ven tropas, grupos de soldados por las calles de Monegrillo. Unos, explica el regidor, eran milicianos, defensores de la República; otros, fuerzas de Franco. Pero, ¿cómo distinguirlos? ¿Quiénes eran quiénes? Aun observando con detenimiento ambas imágenes, no resulta nada fácil identificar a los bandos en litigio. No hay banderas, uniformes ni insignias que los señalen. Tan solo parecen simples soldados, unos haciendo instrucción, otros abasteciéndose en las calles de un pueblo condenado por el destino a servir de campo de batalla con grave riesgo para sus habitantes, bastantes de los cuales perdieron la vida, la salud o la hacienda.

«Eran españoles», concluye el alcalde a modo de respuesta, sosteniendo ambas fotografías para que el visitante pueda seguir comprobando el fraterno parecido entre unos y otros. Una inteligente reflexión, ¿no les parece?

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