Opinión
Alberto Zapatero
No es una sanción más: es una señal de alarma
Endurecer los castigos no es fortaleza educativa: es admitir que algo falla. En educación no actuamos así: responsabilidad, proporcionalidad y justicia son irrenunciables
Estimado Manuel Torralba:
Te escribo porque has reconocido que hay un problema grave de convivencia en los Juegos Escolares y anuncias que vas a combatirlo con pedagogía. Precisamente para esa labor –maestro con 20 años de experiencia, siete titulaciones universitarias (seis en educación) y premio extraordinario de la Universidad de Zaragoza— me pongo a tu disposición desde una óptica constructiva.
Prometes sanciones más duras y pedagogía, y habláis de castigos ejemplarizantes. Pero lo ejemplarizante y lo pedagógico se llevan mal. Endurecer los castigos no es fortaleza educativa: es admitir que algo falla. En educación no actuamos así: responsabilidad, proporcionalidad y justicia son irrenunciables. No se puede hacer responsable a un menor de la conducta de un adulto, ni convertirlo en ejemplo público para que otros aprendan. ¿Debe pagar un hijo por lo que hace su padre? ¿Sería aceptable que, por una desavenencia con un adulto, yo hiciera repetir curso a mis alumnos? Evidentemente, no. ¿Y qué aprende una niña de ocho años castigada por lo que no hizo? ¿Quieres pedagogía? Piaget diría que recibe un castigo incomprensible; Bandura, que los niños aprenden de lo que los adultos hacen, no de lo que dicen, y le has enseñado que la autoridad castiga al
inocente; Seligman, que eso es indefensión aprendida; y Aristóteles, que castigar al inocente rompe por segunda vez la balanza que el culpable ya había roto.
Quieres frenar la violencia, pero un castigo injusto rema al revés. Más de una niña ya se plantea dejar el deporte: justo lo contrario de lo que estos Juegos deberían fomentar. Tu propia frase fue: «la gente tiene que ver que hacer las cosas mal tiene consecuencias». Sí, pero la has aplicado del revés: todos los posibles responsables son adultos –quien lanzó el balón, el club si falló en el control, incluso la Federación si no previno el conflicto–, y sin embargo la sanción recae sobre doce niñas que no hicieron nada.
Haya o no imágenes del adulto, el error es el mismo: castigar a inocentes. Y en el vídeo se las ve respetando al árbitro. ¿Cómo se sanciona a quien respeta al árbitro para enseñarle a respetarlo? Repasa las notas de tu Federación este curso. Un cadete que muele a puñetazos a un rival: un año. Otro que empuja al árbitro: un año. Amenazas de muerte a una árbitra, con la Guardia Civil en el campo: cien euros. Un aficionado que increpa al fisio rival: mil euros. Una invasión de campo: ciento cincuenta euros.
Y la sanción más dura de la temporada –final perdida, descalificación el resto del curso y sin Campeonato de España–, ¿para quién? Para doce niñas que no insultaron, no amenazaron, no agredieron y no invadieron nada. No había norma para este caso y tu Comité importó la del fútbol adulto. Pero una norma puede cumplirse al pie de la letra y ser injusta: ampararse en ella no es virtud; corregirla, sí. Nadie pidió evitar a las niñas la frustración de una derrota; se pidió no castigar al inocente. Confundiste a las víctimas con las culpables. Y el error es de enfoque. Lo has juzgado como abogado, cuando los Juegos Escolares no se rigen solo por el reglamento, sino por la educación. Tu función era educar, no sentenciar. Iniciar una etapa sacrificando a inocentes no es pedagogía: es moralmente inaceptable. Por eso te propongo tres cosas: revisar y dejar sin efecto la sanción a las doce niñas, reparar el daño y crear un protocolo escolar con maestros, psicólogos y psicopedagogos.
Los profesionales de la educación nos estamos cansando de que algunas instituciones usen a los niños como instrumento y no como fin. Si quienes gestionan el deporte escolar no entienden que existe por y para los menores, el Gobierno de Aragón y todos los partidos deberían plantearse si es correcto seguir delegándolo en ese organismo. Pero aún estás a tiempo. Mira ese vídeo: muestra a las niñas respetando al árbitro que la sanción dice proteger, mientras el balón lo lanza un adulto; y lo que nadie quiso ver: una niña en el suelo que nadie atendió. No las ignoréis por segunda vez. Estas niñas no recordarán ningún reglamento; recordarán si los adultos que podían arreglarlo lo hicieron.
Son tuyas, tan tuyas ahora como cuando visten la camiseta de Aragón. Solo necesitan que alguien las proteja. Eres su presidente: tienes el deber moral de protegerlas. Esa, y no otra, es mi contribución.
Los aragoneses nos jugamos mucho: son nuestros menores, lo más valioso de la sociedad. Y todo se reduce a una pregunta: ¿está la Federación Aragonesa realmente capacitada para organizar los Juegos Escolares?
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