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Opinión | erre que erre

Zaragoza

El bucle eterno del Real Zaragoza

Juan Forcén (izda.), junto a Jorge Mas.

Juan Forcén (izda.), junto a Jorge Mas. / EL PERIÓDICO

La crisis del Real Zaragoza ya no admite más maquillaje. Que Jorge Mas deje la presidencia no significa cambiar el modelo. Solo que quien vive en Miami, pendiente del Inter de Messi y de sus negocios globales, entiende que el desgaste del Zaragoza empieza a perjudicarle.

Y ese es precisamente el problema: para ellos el Zaragoza nunca ha sido una prioridad sentimental ni deportiva, sino una oportunidad de negocio y posicionamiento. Igual que lo fue para Agapito Iglesias. Igual que lo es ahora para los nuevos actores que hablan de zaragocismo mientras calculan retornos, influencia y futuro urbanístico alrededor de la Nueva Romareda.

El club necesita una ruptura de verdad con todo eso. No otra operación de imagen disfrazada de regeneración. Porque plantear como solución la llegada de un presidente ‘estrella’, un símbolo sentimental o una vieja gloria del zaragocismo es repetir exactamente los errores del pasado. Ya ocurrió cuando Agapito decidió colocar a Fernando Molinos al frente del club: un exjugador querido, bienintencionado y sin capacidad real de gestión. El resultado fue el descenso a Segunda y el inicio del deterioro institucional más grave de la historia moderna del club.

Ahora vuelven a sonar fórmulas parecidas. Víctor Fernández, Nayim o cualquier otro icono sentimental pueden servir para emocionar durante una semana, pero no para levantar una estructura deportiva arruinada. El problema del Zaragoza no es de relato, es de gestión. Y da la impresión de que siguen sin querer gestores serios, independientes y con capacidad ejecutiva real. Prefieren figuras queridas que amortigüen el enfado social mientras el poder continúa donde siempre.

Tampoco ayuda la ficción económica que intentan sostener. El Zaragoza no vale hoy 60 millones de euros. No después de casi quince años fuera de la élite, con temporadas eternas en Segunda, sin un proyecto deportivo reconocible y con una Ciudad Deportiva deteriorada. La Nueva Romareda puede ser un activo de futuro, sí, pero ningún inversor serio compra solo una expectativa urbanística si detrás no existe una entidad deportiva sólida.

Por eso apelar al zaragocismo de empresarios aragoneses tampoco basta. Si ese capital entra únicamente para acompañar o aportar reputación, pero sin capacidad real de decisión, estaremos otra vez ante la misma película. Forcén y compañía no parecen representar una alternativa de reconstrucción profunda, sino una continuidad amable del modelo actual. Como Mas. Como Agapito en su día. Oportunistas distintos para un mismo fracaso.

El Zaragoza no necesita más caras conocidas ni más sentimentalismo corporativo. Necesita profesionales, transparencia, ambición deportiva y una propiedad comprometida con devolver al club al fútbol de élite de verdad, no con utilizarlo como escaparate. Todo lo demás es prolongar la agonía.

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