Opinión | FIRMA INVITADA
La luna y los lunáticos
Estados Unidos, China, y Rusia tienen capacidad para llegar a la luna y más lejos. Su ambición no tiene fin, nada les satisface, es el poder por el poder
El universo siempre nos ha fascinado. El sol, la luna, las estrellas insistentemente han estado ligadas a ese mundo mitológico que utilizábamos para explicar lo incomprensible. Aunque siga guardando la mayoría de sus secretos, el universo nos permite descubrir algunos, aproximarnos a otros, seguir soñando con la mayoría. Su grandeza es inimaginable.
Vimos hace poco cómo amerizaba la cápsula Orión, del programa Artemisa II, después de regresar de su visita a la órbita lunar. Tres navegantes de las estrellas –que eso significa astronauta– han sido los primeros seres humanos en ver la cara oculta de nuestro satélite. Por unos minutos estuvieron solos. Ellos y el universo. ¡Apasionante! ¡Qué envidia me dieron!
La nitidez de las imágenes que enviaron durante todo el viaje nos ha permitido disfrutar y ver como no se pudo ver en los primeros viajes. Teníamos al alcance de la mano, metafóricamente hablando, a la protagonista de mitos, canciones, cuentos, historias, y leyendas... ¡Oh, la luna!
La ausencia de ruido, esa aparente lentitud al desplazarse el módulo, las anécdotas casi siempre divertidas por la falta de gravedad formaban parte de lo esperado. Pero, sobre todo, el avance que supone cada uno de estos viajes, es como magia por la gran labor de equipo, con muchos nombres anónimos, que lo hacen posible.
Todo lo que vi en esos días me llevó a recordar a Carl Sagan y su pedagógica aproximación al cosmos. Su pasión, narrada para que todos la entendiéramos, volvía a acompañarnos con unos medios de los que él no pudo disfrutar.
Mientras esta maravilla sucedía a miles y miles de kilómetros, en nuestro convulso mundo un puñado de lunáticos –nada que ver con los inverosímiles habitantes de la luna– seguían haciendo de las suyas. El anaranjado mesías del otro lado del Atlántico, y el no menos aspirante a mesías al frente del gobierno de Israel, nos han llevado al borde del abismo. Tan al borde del abismo estamos que ya tenemos un pie en el aire y, el otro, a punto de levantarlo para dar el paso fatal.
No son los únicos lunáticos de nuestro planeta. Hay otros, ahora más silenciosos, a la espera de ver qué pasa con el sinsentido en el que nos han metido a todos estos dos, para ver cuando cometen ellos el propio. No nos engañemos, estamos en manos de lunáticos y, como tales, imprevisibles.
Si todos estos tipos decidieran emplear solo la mitad de lo que invierten para destruir, en investigar para el bien de la humanidad, ¡cuántos problemas tendríamos ya resueltos! Porque, incluso este maravilloso viaje a la órbita de la luna cincuenta años después del primero, no se ha hecho para mostrar con los avanzados medios que tenemos las maravillas del satélite. Hay algo más perverso. Es como si en nuestro mundo no pudiera haber algo bello por sí mismo. En realidad, se trata de ir viendo dónde poder construir una base permanente para vivir en nuestra luna. ¡Poder, dominio siempre!
En 1967 se firmó el Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes. En él se reconoce que ningún país puede apropiarse de ningún cuerpo celeste. Ahora bien, cuando se firmó este tratado, nadie pensaba en determinados minerales que podrían ser de gran interés pasados unos años, ni mucho menos en las llamadas «tierras raras». Ahora estamos ante preguntas como: ¿quién puede extraer esos minerales? ¿Quién y para qué se los puede apropiar? Viendo lo que son capaces de hacer algunos iluminados, para algo bueno no sería. Por lo tanto, no nos hace falta pensar mucho en que todo podría ir a peor.
Las tres grandes y peligrosas superpotencias mundiales –Estados Unidos, China, y Rusia– tienen capacidad para llegar a la luna, e incluso mucho más lejos. La ambición de estos lunáticos no tiene fin. Nada les puede llegar a satisfacer. Es el poder por el poder, y si es el poder destructivo mucho mejor. ¿Qué clase de humanidad, si es que tienen alguna, puede haber en el interior de estas personas? ¿Hay conciencia dentro de estos seres?
Si los romanos –sin compararlos con estos infames amorales– se llegaron a topar con la irreductible aldea gala de Astérix y Obélix, espero que alguna forma de vida también irreductible en el universo grite lo más alto y fuerte posible, para que escuchemos: ¡Están locos estos terrícolas! Y que tengan mucha poción mágica porque...
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