Opinión | El trasluz
El malentendido

El miedo. / Shutterstock
El miedo no suele presentarse de golpe: negocia. Llama con la educación de un vendedor a puerta fría y espera a que alguien, desde dentro, le dé permiso para entrar. A veces ni siquiera hace falta abrirle: basta con acercarse un poco a la mirilla. Todo comienza con un malentendido. Un ruido en la noche, una frase ambigua, un latido que se adelanta. La realidad, que en sí misma es neutra, pide traducción. Y la mente traduce. Si acierta, el miedo se disuelve como un error corregido. Si exagera, el miedo adquiere volumen. No es aún peligro: es posibilidad. Pero las posibilidades, cuando se miran de cerca, tienen la mala costumbre de parecer certezas. Luego interviene la razón, que no es una facultad estable, sino una voz fatigable. Trata de poner orden: “No es nada”, “ya te ha pasado otras veces”, “espera”. Durante un tiempo funciona. Pero el miedo tiene paciencia. Repite su argumento con ligeras variaciones, como hacen los buenos vendedores de paneles solares o de la salvación eterna. Y llega un momento en que la razón, cansada de contradecirlo, empieza a regatear con él. Ya no dice “no es nada”, sino “quizá sí”. Ese “quizá” es la primera grieta. Entonces interviene el cuerpo. Se acelera el corazón, se acorta la respiración, se tensan los músculos. El organismo, que no distingue bien entre un peligro real y uno imaginado, se prepara para huir o para luchar. Pero no hay de qué huir ni contra qué luchar. De modo que el cuerpo queda suspendido en una alerta sin objeto. Y esa alerta se vuelve inquietante. La mente la observa y, en lugar de tranquilizarse, se asusta de ella. “Algo va mal”, concluye. Y así se cierra el círculo: el cuerpo asusta a la mente y la mente al cuerpo. El pánico aparece cuando ese circuito deja de tener salida. No es ya miedo a algo exterior, sino miedo al propio miedo. Una forma de vértigo íntimo. La sensación de que uno ha perdido el mando de sí mismo, de que hay un inquilino dentro de la casa. Quizá por eso el pánico se parece a una creencia. Como toda creencia, no necesita pruebas: le basta con imponerse. El miedo dice: “Podría pasar algo”. El pánico corrige: “Ya está pasando”. Y, sin embargo, si uno retrocede en el camino (si deshace, paso a paso, las concesiones) descubre que todo empezó con una interpretación. Con una frase mal traducida de la realidad. Como si el mundo hubiera dicho una cosa y nosotros, por error, hubiéramos entendido otra.
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