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Opinión | el aula del revés

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

La chispa y el combustible

Imaginemos un niño cualquiera y en un aula cualquiera, a punto de abrir una caja sin saber que puede haber dentro. Ese instante en el que la mano queda suspendida sobre la tapa y el corazón encogido para posteriormente acelerarse, presenta una de las grandes sorpresas educativas sobre cómo aprendemos. Porque lo que mueve en ese momento al niño no es ni la caja, ni la expectativa sobre lo que habrá o no habrá dentro: es la incertidumbre. Y la incertidumbre, lejos de ser un defecto, algo que nos empuja a la duda y la inseguridad, puede ser el motor que nos mueve hacia el aprendizaje.

Demasiadas veces hemos incidido en el arte de la respuesta sin haber cultivado algo mayor, el cuestionamiento. Sin embargo, es con esto último con lo que nuestro cerebro se enciende y se pone a trabajar. Cuando algo no encaja, cuando algo parece contradecir las reglas naturales del juego y, por tanto, nos presenta una grieta en nuestras creencias y conocimientos, una pequeña alarma se activa en forma de sorpresa despertando nuestra atención y dando paso a la activación de la memoria, de la curiosidad y dar comienzo a un proceso complejo llamado aprendizaje.

Por tanto, y llegados a este punto, conviene distinguir aquí dos cosas que a menudo confundimos. La sorpresa es el chispazo: ese instante en que el mundo no se comporta como esperábamos y algo dentro de nosotros se despierta. La incertidumbre es el combustible: la sensación sostenida de que aún no lo sabemos todo, de que falta una pieza, de que merece la pena seguir buscando. Sin chispa no hay ignición; sin combustible, el fuego se apaga al primer minuto. Aprender de verdad necesita ambas. Sin embargo, lo fascinante es que el cerebro detesta la incertidumbre y, al mismo tiempo, no puede vivir sin ella. La detesta porque su trabajo es predecir: pasamos el día anticipando lo que vendrá, y cada predicción acertada nos tranquiliza. Pero cuando todo es predecible, nos aburrimos mortalmente. El aburrimiento no es otra cosa que un exceso de certeza. Por eso una clase donde todo se sabe de antemano, donde nada sorprende, donde el final está cantado, es una clase donde, sencillamente, el aprendizaje se vuelve complejo. Y con esto no estoy hablando de que necesariamente las aulas deban convertirse en un circo, simplemente trato de indicar que la evidencia científica no señala que la sorpresa y la incertidumbre son aliadas del aprendizaje.

De esta forma, podemos decir que el punto óptimo está en un lugar curioso, esa frontera entre lo conocido y lo desconocido donde las cosas son lo bastante familiares para no asustar y lo bastante nuevas para intrigar. Demasiada certeza adormece nuestros sentidos y nuestra atención, al mismo tiempo que demasiada incertidumbre paraliza. El buen maestro es, en el fondo, un afinador de ese equilibrio: alguien que sabe dosificar el misterio. Que no lo cuenta todo de golpe y que sabe dejar preguntas abiertas para que quede el poso de «continuará...». Hay veces que una buena pregunta sin responder enseña más que diez respuestas regaladas.

Para entender todo esto solo hace falta pensar en una buena novela de intriga, o porqué somos incapaces de dejar una serie a medias. No es porque sepamos el final: es precisamente porque no lo sabemos. La incertidumbre nos sostiene, nos mantiene despiertos, nos obliga a girar la página. El cerebro tolera y hasta disfruta la tensión de no saber, siempre que intuya que la respuesta está al alcance. Esa promesa es la que sostiene el esfuerzo. Y enseñar tiene mucho de eso: convertir el conocimiento en una historia que merece la pena terminar.

Lo paradójico es que la escuela, con su buena intención de dejarlo todo claro, a veces espanta justo lo que debería cuidar. Por las prisas sobre que nada quede suelto, da las respuestas antes de que nazca la pregunta. Y una respuesta que nadie ha pedido se olvida al día siguiente: ¿cuántas veces nos ha pasado?

Recuperar la sorpresa no consiste en sembrar el caos ni dejar a los niños perdidos. Es simplemente, aprovecharnos del suspense de no saber todavía y resistir la tentación, tan nuestra, de resolverlo todo enseguida para quedarnos tranquilos. Así que recordemos 3 claves explicativas del aprendizaje: cuestionamiento, sorpresa e incertidumbre para despertar la sospecha de que el mundo guarda más de lo que enseña. Ya que mantener viva esa sospecha en un niño es quizá de lo más hermoso que cabe en un aula.

No sigamos dejando la caja sin abrir. n

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