Opinión | El ángulo
El sermón que incomoda
Roma hace tiempo que sabe que el centro de gravedad del catolicismo se desplaza hacia América Latina mientras las iglesias evangélicas avanzan con fuerza a ambos lados del Atlántico. España sigue siendo puente en el espacio hispanoamericano donde la Iglesia se juega una parte de su futuro. Por eso este viaje tiene algo más de estratégico que de protocolario, no solo visita España, refuerza una conexión cada vez más necesaria.
Y si esa es la razón de fondo de la visita, los mensajes que va dejando tampoco son casuales. Ha hablado de convivencia, de acogida y de respeto a la dignidad humana. No ha pedido el voto para nadie ni ha señalado siglas concretas, pero sí ha puesto sobre la mesa una idea incómoda para algunos, la de que el cristianismo resulta poco compatible con los discursos construidos sobre el rechazo al otro.
De ahí el visible malestar que su visita ha provocado en determinados sectores de la derecha radical. Les agrada escuchar a la Iglesia cuando habla de tradición o de identidad cultural pero bastante menos cuando recuerda obligaciones morales que afectan al trato hacia los inmigrantes, los vulnerables o a quienes piensan distinto. Hay quienes invocan las raíces cristianas de Europa con entusiasmo, pero muestran bastante menos interés por las consecuencias de esa raíz.
La realidad suele ser bastante menos obediente que los discursos políticos. Una parte importante de la Iglesia española funciona hoy gracias a sacerdotes y religiosas llegados de otros países. Mantienen abierta una estructura que en muchos lugares tendría serias dificultades para sostenerse sin ellos. Son inmigrantes, y sin embargo, rara vez aparecen en los discursos alarmistas sobre las amenazas a la identidad nacional. Debe de existir alguna categoría especial de extranjero capaz de esquivar todas las objeciones que otros reciben por el simple hecho de cruzar una frontera.
Pero la visita también ha dejado al descubierto una cuestión que la Iglesia sigue sin resolver. La institución que cuenta con miles de mujeres comprometidas, que sostienen una inmensa red educativa, asistencial y social sigue reservando el protagonismo simbólico y el poder efectivo casi exclusivamente a los hombres. Basta observar los actos oficiales, las fotografías institucionales o los espacios de esta visita sin mujeres ocupando posiciones de autoridad real o disfrutando de una visibilidad comparable a la de los hombres. Ese es probablemente el gran silencio de estos días, Léon XIV reclama una sociedad más abierta e inclusiva en la que tendrá que demostrar si está dispuesto a practicar esa apertura en su propia casa.
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