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Opinión

Revolución y resort

Entre las imágenes que nos llegan de Cuba y las de Haití no hay diferencia. Esas toneladas de basuras por las calles de La Habana sembradas de cascotes procedentes de paredes desplomadas, tejados hundidos, calles infestadas de mosquitos y contagiosos virus, o de pandillas que en su pura desesperación por conseguir algo que llevarse a la boca han olvidado los solidarios mandamientos de la Revolución, dan miedo y pena.

Nada queda ya de aquella página histórica que llevó a los Castro y a Ernesto Guevara a someter un país antes sometido por otra tiranía de distinto signo. La gran esperanza que simbolizó Fidel iría agrietándose, ennegreciéndose hasta derivar en una farsa política con dramáticos tintes en las cárceles atiborradas de presos políticos, en la prostitución mercenaria, en la derrota democrática de un pueblo engañado por el comité de marxistas que sí disfrutaban de la vida. Únicamente el talento escénico de Fidel, su persuasivo método de seducir a la izquierda logró mantener la fantasía de una sociedad igualitaria que había sido capaz de eliminar la propiedad privada y todos los vicios del capitalismo, y de oponerse y resistir a los Estados Unidos. Quienes, con sus barcos de guerra, seguidos en su estela por una bandada de tiburones financieros, se disponen a conquistar por segunda vez la isla.

La primera, hace siglo y cuarto, fue a España, merced a la «guerra del Maine», encontrando los yanquis en la dudosa voladura de uno de sus buques la excusa para desencadenar un ataque contra la escuadra hispana y acabar con la época colonial. El apoyo a sucesivos gobiernos títeres en la onda de Washington, hasta llegar a la dictadura de aquel corrupto Batista que abrió Cuba a las mafias, permitiéndoles abrir casinos y clubs, y traficar a fondo, bien puede ser el modelo que Donald Trump se haya propuesto repetir.

La excusa para volver a poner pie en la perla del Caribe sería, como en Venezuela, la supuesta complicidad de sus dirigentes con el narcotráfico. Está por ver si los marines capturarán al anciano Raúl Castro o al más joven e inepto Díaz Canel, pero lo que es seguro es que los yanquis se quedarán con el negocio turístico. La Revolución ha muerto. El resort, no.

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