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Opinión

Vivir en el pueblo cuando necesitas cuidados

Hablar despoblación es habitual en Aragón. Nos esforzamos en buscar soluciones para evitar que la gente joven se vaya del pueblo y para atraer nuevos habitantes, ofreciendo oportunidades para trabajar, vivienda, servicios...

Sin embargo, pocas veces pensamos cómo evitar que las personas de mayor edad abandonen el pueblo. Algo que, por desgracia, ocurre en un goteo constante, con lo que significa para la vida colectiva y el impacto emocional que puede suponer para una persona que ha vivido siempre en el pueblo, tenerlo que abandonar a sus 85 ó 90 años de edad, para pasar sus últimos días en otro lugar.

He conocido casos así y les puedo asegurar que el sufrimiento es extraordinario. La falta de interés de las instituciones para dar respuesta a estas situaciones no se corresponde con toda la retórica sobre el bienestar y el cuidado de «nuestros mayores» y la importancia de evitar el despoblamiento.

Sé que hay situaciones en las que resulta imposible que una persona mayor pueda permanecer en su casa cuando tiene graves limitaciones que no se solucionan sólo con unas horas de ayuda a domicilio, y cuando no tiene familiares que puedan cuidar de él o no están en condiciones de hacerlo. Pero se podría hacer algo más de lo que hacemos para prolongar su estancia en casa. Aragón es la Comunidad con menor intensidad del servicio de ayuda a domicilio, y con una de las cuantías más bajas en la prestación por cuidados familiares, de manera que mejorar ambos aspectos permitiría a algunas personas permanecer más tiempo en casa.

Pero cuando ni siquiera así es posible garantizar los cuidados que necesita, ¿es el ingreso en una residencia la única opción? De ser así, sería inevitable que tengan que abandonar su pueblo. Porque cada pueblo no puede tener su propia residencia.

Sin embargo, hay alternativas que pueden habilitarse en pequeños municipios. Imagine un pueblo en el que siete personas mayores, por ejemplo, necesiten contratar alguien que pernocte en su casa para estar al tanto de ella. Piense si esas siete personas vivieran puerta con puerta. Una misma persona podría prestar este servicio a las siete al mismo tiempo, con una séptima parte del coste para cada una de ellas.

Piense, además, que alguna de estas personas necesite apoyo para levantarse, asearse, vestirse, que le limpien la casa, le hagan la compra, la comida, le acompañen... Cada persona tendrá sus propias necesidades. Pero, sin duda, se rentabilizaría más el trabajo de una o varias personas cuidadoras si fueran compartida por esas siete personas que viven puerta con puerta.

En definitiva, un reducido número de viviendas juntas serían suficientes para que una persona mayor pueda seguir viviendo en su pueblo, recibiendo los cuidados que necesite. Vivienda con servicios a la carta frente a residencia.

Una residencia tiene una normativa hospitalaria, con anchos de pasillo pensados para que se puedan cruzar dos camillas, plantillas mínimas que incluyen servicios como enfermería o médico, terapia, trabajo social... Equipamientos y plantillas que es imposible asumir para las pocas plazas que un pequeño municipio necesita.

Pero qué necesidad tiene una persona mayor de una residencia, si puede vivir y ser atendido en su casa y en su pueblo. Qué necesidad tiene de un médico, un ATS, una trabajadora social o terapeuta si esos servicios ya los tiene en su pueblo como cualquier vecino.

No se trata de cohousing o coliving, ya que pensamos en personas en situación de dependencia, sin capacidad para gestionar nada. Son viviendas con servicios a la carta, de titularidad municipal y gestionadas por alguna pequeña empresa vinculada al territorio que, además pueda ofrecer diversos servicios no exclusivamente a personas mayores.

Vivir en el pueblo y en una vivienda con intimidad y el máximo de autonomía, es una alternativa más humana que una residencia cuando requiere desarraigo del lugar. Y económicamente sostenible. Hay experiencias que lo demuestran.

¿Por qué entonces apenas tiene implantación en Aragón? Lo impide una normativa obsoleta de 1992, que sólo contempla residencias o viviendas tuteladas autogestionadas. Y, sobre todo, una mentalidad que sigue pensando que la calidad se logra con normas rígidas que a quien realmente protegen es a la institución y a sus gestores, en lugar de lo que cada persona decida que sea su calidad de vida. Sin duda alguna, la inmensa mayoría de personas mayores preferirán ser cuidados en casa en su propio pueblo, que en una institución con decenas de residentes, por muchos servicios especializados que tenga. Eso será, para ellas, calidad de vida. Démosles, al menos, la posibilidad de elegir.

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