Opinión | editorial
El empleo crece, pero no mejora
Mes a mes, los indicadores del empleo en España crecen cuantitativamente. Como se encarga de resaltar el Gobierno, suben las cifras de ocupados y baja la tasa de parados. Nadie puede negar esa realidad ni con los ojos de la pura y dura oposición. Otra cosa es que buena parte de ese crecimiento es la resultante directa de la llegada de inmigrantes. Y que una parte de esas buenas cifras sean consecuencia de la declaración de indefinidos de los contratos temporales. De manera que los ocupados no se corresponden necesariamente con los asalariados en determinados meses, especialmente en la temporada baja del turismo o cuando cesan las actividades educativas. Los datos del mes de mayo son un fiel reflejo de esa dinámica. Vuelven a ser positivos, y aunque hay un repunte del número de parados en el conjunto del país, que no se da en los datos de Aragón, hay que decir que lo está haciendo sobre una población activa superior en números absolutos a la de los últimos años.
No hace falta dejarse llevar por el espíritu de la oposición para advertir que hay nubes en el horizonte. Esta ocupación récord de mayo no es óbice para que en algunas comunidades se disparen el número de afectados por Expedientes de Regulación de Empleo (eres). Y, según los propios sindicatos, no se trata de un descenso de la actividad productiva sino de la irrupción de la inteligencia artificial. Quiere ello decir que lo que está ocurriendo es que el empleo que genera poco valor añadido es rápidamente sustituido por la IA. Se demuestra una vez más, como en el caso de los indicadores de productividad, que la economía española, pese al buen comportamiento del empleo, no genera ocupación de calidad. Y eso se traduce también en los salarios que son incapaces hoy de asegurar a los trabajadores derechos tan básicos como el de la vivienda. La salida de la crisis financiera de 2008, con una devaluación interna del precio del trabajo ante la imposibilidad de devaluar la moneda, se ha sustentado en el turismo, actividad primaria que genera poco valor añadido, y en actividades industriales también de poco valor añadido. El cuadro de desajustes del mercado laboral español se completa con la coincidencia de esta oferta laboral con una demanda de trabajadores muy bien formados que no consiguen empleos a la altura de su esfuerzo y de su titulación.
La solución a este cuadro no pasa por echarse los trastos a la cabeza entre Gobierno y oposición o entre patronales y sindicatos. Se impone un pacto que vincule los salarios a la productividad y las prestaciones sociales a las contribuciones. Una parte muy importante de la mejora de la productividad de las empresas ha sido absorbida en la última década por el incremento de las cotizaciones para financiar prestaciones universales. Eso no es necesariamente malo, pero debe ponderarse con las percepciones efectivas que reciben los asalariados. Si no, crecen los costes laborales, pero no los salarios. Y entonces la IA es competitiva con empleos con los que no debería serlo si el aporte productivo y la retribución salarial estuvieran en equilibrio. Una transformación de esta naturaleza exige pactos de gran calado como los de la Moncloa de hace 40 años. O como los de la salida del covid, hace mucho menos tiempo. La polarización tiene peores consecuencias en la negociación laboral que en la dinámica política.
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