Opinión | salida de emergencia
¿Qué se le puede pedir al Papa?
León XIV visitó la abadía de Montserrat, la ‘zona cero’ de la pederastia clerical en Cataluña, y no habló de los niños a los que los abusos truncaron sus vidas
Termina la visita del papa León XIV a España y lo hace con una indigestión informativa que una no sabe muy bien a qué se debe. Muchos temas, muchos aplausos, mucho intentar mirar a los ojos de las personas, mucho pedir la paz en un mundo que está en total rebeldía con esa palabra, a la que trata de insumisa y desprecia por ser el espacio opuesto a la bronca que tanto gusta a unos y a otros, mucho respaldo, mucha veneración y, por mi parte, respeto hacia un hombre que intenta acariciar corazones defendiendo la igualdad y rescatando la palabra humanidad de ese foso lleno de cocodrilos al que la hemos tirado.
¿Qué se le puede pedir a un Papa? Imagino que todo, porque es el representante de Dios en la tierra y al mismo tiempo nada porque la fe obra de forma silenciosa y en principio detesta lo material que impide alcanzar la claridad en un mundo que se mueve de niebla a niebla evitando al sol y su luz. Es la palabra luz la que me empuja y advierto que quizá uno de los temas más oscuros y delicados de la Iglesia católica en España ha sido obviado por el Papa, quien decidió, decidieron por él, visitar la abadía de Montserrat, considerada la zona cero de la pederastia clerical en Cataluña, y hablar allí, no de los niños a los que los abusos truncaron su vida, al menos no de forma explícita, sino de ese Jesús que muestra el camino de la misericordia, la reconciliación, la verdad y la mansedumbre, pero al mismo tiempo «desenmascara la violencia que puede esconderse en palabras y actitudes como la crítica que humilla, la condena que destruye y la agresividad que divide. Porque esa violencia escondida puede revestirse muchas veces de aparentes armaduras con las que intentamos proteger nuestras heridas, nuestros miedos o el sufrimiento causado por las injusticias».
Vuelve La luz, esta vez la que da título a la última película de Fernando Franco y que trata sobra los abusos en la Iglesia católica en España, dolorosos y silenciados entre terror y sotanas, y es esa luz, que ciega en nombre de la fe, la que guía una cinta magistral donde al pecado se le llama delito, donde la víctima es el rostro del dolor y del olvido, y los culpables, señores con sotanas que hacen, permiten, ocultan, maniobran, engañan y violan y pretenden alcanzar la paz con un triste perdón a destiempo y sin verdad. Hay en La luz una luz donde la luz tartamudea y ciega y las sombras son unas manos frotándose entre la abundancia de unos y la nada de otros que son el extremo más vulnerable del sufrimiento.
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