Opinión | Fuera de campo
Ecoespiritualidad para primates
El poeta y ensayista Jorge Riechmann ha publicado recientemente dos libros más que obligados, Ecoespiritualidad para laicos y Donde el amor, allí el mundo
«Cae y cae el rocío./ ¿Qué tal si yo lo usara/ para limpiar el mundo?» acuñaba Matsuo Basho, padre del haiku moderno. Conocí a Jorge Riechmann hace más de treinta años en San Lorenzo de El Escorial, en un curso convivencia coordinado por Julio Anguita en el que, ya entonces, profundizábamos sobre los cambios y la articulación de la política participativa de los movimientos sociales. Jorge y yo también firmamos juntos en la revista En pie de paz. Poeta y ensayista, Riechmann codirige el máster en Humanidades Ecológicas MHESTE, y enseña filosofía moral y política en la UAM. Con el sello El Desvelo Ediciones, que con sensibilidad y compromiso dirige Javier Fernández Rubio, recientemente ha publicado dos libros más que obligados, Ecoespiritualidad para laicos y Donde el amor, allí el mundo.
En el primero, Riechmann comparte sincero un honesto cuaderno de apuntes centrado en la vivencia de la interconexión y en la tarea de descentrar el ego, en la búsqueda de una ecosofía para nuestras sociedades de ahora. La también poeta Begoña Abad le reforzaba epistolarmente en estas dos intenciones: «mi legado son las cosas que he mirado con piedad» y «mirar de frente la verdad y actuar con un corazón compasivo». Su autor invita a imaginar una ecoespiritualidad como «reforestación interior». «Emboscarse», escribe Joaquín Araújo; «amazonizarse», sugiere Eliane Brum, porque «la batalla por la Amazonia centro del mundo es la pelea por la reforestación de los mundos, los de fuera y los de dentro».
La Deep Adaptation del profesor de Liderazgo para la Sostenibilidad Jem Bendell nos dejó estas 4R: Restaurar: ¿qué tenemos que restaurar? Renuncia: ¿a qué habríamos de renunciar? Resiliencia: ¿qué valoramos profundamente y no podemos permitirnos perder? Y reconciliación: ¿con qué hemos de hacer las paces? «Si algo puede contribuir a salvarnos –y no tenemos muchas opciones– será la capacidad de amar. (Y si ‘amar’ parece demasiado sentimental, no se preocupen ustedes: se puede decir también cooperar, solidarizarse, responsabilizarse y cuidar). Las tareas básicas de hoy –un ‘hoy’ que dura desde hace medio siglo– son superar el capitalismo y organizar con justicia el decrecimiento material y energético. Si fracasamos en eso, habremos fracasado en todo», alerta Jorge Riechmann.
«Luchar contra lo monstruoso sin convertirnos en monstruos: ése es el desafío. Primero, hacernos cargo de la realidad: decir adiós al generalizado negacionismo. Y segundo, que la respuesta a ese abrir los ojos no sea la de la ultraderecha sino la afirmación de la solidaridad: no dejar a nadie atrás, pero en serio. Aprender a compartirlo casi todo bajo principios de suficiencia, reparto, cuidados y precaución», que decía Yayo Herrero en Los cinco elementos. Una cartilla de alfabetización ecológica (Editorial Arcàdia): agua, aire, tierra, fuego... y vida, para poder recuperar la memoria y la conciencia de lo que somos y de dónde venimos.
En Donde el amor, allí el mundo ya lo acusa Riechmann: «Somos simios averiados: xenofobia, dominación y desmesura son para mí los tres grandes males morales anclados en la misma naturaleza biológico-cultural del ser humano. Desde ahí, desde la incómoda situación de un ser autoconsciente que sabe que va a envejecer y morir, que es consciente de su naturaleza social y también de las dinámicas que llevan a unos grupos humanos a enfrentarse con otros, que ha desarrollado una tecnociencia capaz de llevarse por delante toda forma de vida superior sobre la Tierra (incluyendo a los seres humanos), desde ahí tendremos que hacer algo con nosotros mismos: autoconstruirnos».
Para todo ello se necesita otra forma de sentir el tiempo y el espacio, repensando «con perspectiva en esa extensa comunidad humana intergeneracional». En este otro libro, Riechmann propone nueve indicaciones «para pensar nuestro presente» desde una mirada crítica, ecológica y desmitificadora: cultivar la lucidez y evitar el autoengaño, aunque suponga cuestionar los consensos dominantes; no exagerar los diagnósticos y mantener una actitud equilibrada; superar el fetichismo de la mercancía como fuente de alienación moderna; desprenderse de la tecnolatría para analizar la técnica y la tecnociencia con objetividad; adoptar una perspectiva histórica amplia, desde la longue durée hasta la Big History, situando a la Humanidad en un contexto cósmico; reconocer el carácter dependiente de los combustibles fósiles de nuestra cultura y priorizar el binomio energía-clima; renaturalizar las ciencias sociales y la filosofía, integrando la comprensión de los límites y condicionantes naturales; promover una cultura de simbiosis con la naturaleza, entendiendo que los seres humanos somos parte de ella y no sus dominadores; y, finalmente, comprender y venerar el carácter excepcional de la Tierra, Gaia, como un gran sistema vivo capaz de autorregularse y sostener las condiciones que hacen posible la vida.
Como advertía Byung-Chul Han, lo único que puede salvarnos es «el espíritu de la esperanza. Sólo ella despliega el horizonte de sentido, que reanima y estimula la vida, y hasta la inspira». Disfrute y misión alineada para un arte del convivir con una ecoética biocéntrica «profunda», que nos interpele y sea capaz de derrotar cualquier atisbo de antropocentrismo, en la estela de pioneros en la responsabilidad moral como Albert Schweitzer y Fritz Jahr, que tan bien reflexiona nuestro querido Jorge Riechmann. Ésta será nuestra nueva gran esperanza.
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