Opinión | Sala de máquinas
Sicarios
Visito con Víctor del Árbol la Casa de las Conchas de Borja para presentar junto con el concejal de Cultura Jorje Jiménez la nueva novela del autor catalán: Las buenas intenciones (Destino). Una aventura literaria (en muchos sentidos) que viene a cerrar lo que editorial y autor han dado en llamar Trilogía del sicario sin nombre.
Se da la circunstancia de que el propio Víctor del Árbol conoció, y así lo comentó en Borja, a un asesino a sueldo. Era de Guadalajara, México, y se entrevistó con el escritor allá a comienzos del siglo XX. Del Árbol ha tratado a otros criminales, no en vano fue policía (mosso d’esquadra) durante dos décadas, pero aquel desalmado mexicano parece haber sido un poco el modelo que en los últimos tres o cuatro años ha utilizado para vertebrar la trilogía: Nadie en esta tierra, El tiempo de las fieras y, ahora, Las buenas intenciones.
Título, este último, decididamente satírico, pues el elenco oral que puebla el argumento se verá complicado, arrastrado, hasta niveles de odio y venganza que poco o nada tendrán que ver con planteamientos compasivos o morales. Habrá, sin embargo, una luz, una cierta idea de justicia, de redención, en esos personajes ideados sobre los pilares del amor y del dolor, pero sobre cuyas columnas no aciertan a tender puentes de convivencia. Como seres salvajes a menudo reposarán en medio de la cacería o la huida, pero las más de las veces afilarán sus garras en un engranaje de ataque/defensa que nos retrotraerá a tiempos primigenios de la naturaleza humana, cuando se mataba en defensa propia, por odio o envidia; siendo el dinero un elemento posterior, la recompensa destinada desde el poder establecido para pagar una muerte interesada, que alguien desaparezca aunque nunca vaya a saber por qué o por quién.
En el análisis de estos personajes atormentados, torturados, pero lúcidos y todavía no abandonados por la ilusión del erotismo o a la pasión del amor brilla el talento de Del Árbol como hacedor de destinos y deshacedor de lugares comunes. No los hay, de hecho, en los episodios de Las buenas intenciones, una novela a admirar, leer y disfrutar, pero muy en particular a reflexionar sobre el poder del hombre y su identidad.
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