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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Lo malo conocido

El Partido Socialista ha caído en el viejo error del cesarismo, un síndrome paralizante, cuya actividad comienza y concluye con la adoración al líder. Sólo así, por esa razón, se explica que, ante la avalancha de imputaciones penales y juicios por organizaciones criminales, prevaricaciones, tráficos de influencias, contrabando o defraudación, nadie levante la voz, pida la palabra, vertebre una crítica, ofrezca una alternativa.

Esa inocente noción o superstición de imbatibilidad basada en la resistencia de Pedro Sánchez se ha quebrado por cuatro ocasiones en la reciente tanda de elecciones autonómicas, siendo las derrotas de los socialistas tan cuantiosas como dolorosas, y estando a fecha de hoy en las cuatro comunidades autónomas testadas en las urnas (Extremadura, Aragón, Castilla-León y Andalucía) fuera de lugar incluso en la oposición.

A pesar de esta situación extrema, con la corrupción cercando a Sánchez y a José Luis Rodríguez Zapatero, con tres altos cargos en la cárcel y otros tantos próximos a entrar, en el PSOE nada se mueve, nadie se levanta, todos callan. En lugar de pedir un congreso, ejercer, cuando menos, la autocrítica, acusan a los jueces, a la prensa o a los yanquis como culpables de todos sus males. Únicamente Emiliano García-Page deja oír su periódica protesta, recibiendo a cambio los más duros calificativos, compartidos con un Felipe González más que dispuesto a reconstruir el partido.

Por su parte, Sánchez, un político profesional, sin alcance de verdadero hombre de Estado, sin una visión proyectada y clara de España en el mundo, pero experto en lides internas, en la marrullería de la aritmética parlamentaria, en el canje de favores y votos, en la sumisión a los partiditos independentistas, se muestra encantado, conmovido, incluso, con la fidelidad de los suyos. Cada vez que ha amagado con retirarse le han suplicado que siga liderándolos frente a la amenaza de la derecha depredadora y cavernícola. Sin él, le dicen, sin el César socialista, el país retrocederá a los tiempos de la memoria histórica, habrá censura o cárcel para el disidente y vuelo nocturno para el migrante, habrá intransigencia, aislamiento y dolor.

Abascal es peor que él, mucho peor, le insisten los augures. Por eso el votante de 2027 preferirá lo malo conocido.

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