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Opinión | EL ÁNGULO

La resistencia del metacrilato

El problema no es solo cuánto puede resistir Pedro Sánchez, sino cuánto resiste una izquierda cuyo principal relato es evitar que gobierne la derecha

Durante años, la palabra que mejor definió la política de Pedro Sánchez fue resistencia. Resistió a sus adversarios internos, a las derrotas, a las crisis parlamentarias y a una oposición que anuncia desde 2023 su final. Esa capacidad para sobrevivir a situaciones aparentemente insostenibles acabó convirtiéndose en una forma de poder y, para muchos de sus partidarios, en una virtud política en sí misma. La resistencia es una estrategia excelente para atravesar una tormenta, pero resulta insuficiente cuando se convierte en el clima permanente. La realidad actual del Gobierno, más allá de los casos de corrupción, conecta con una crisis más amplia entroncada en la dificultad de la izquierda europea para renovar su proyecto político y reconstruir una alternativa al populismo ultra.

No estamos ante un gobierno de acero, se asimilaría mejor al metacrilato que soporta grandes tensiones, pero tiene una característica decisiva, que no se dobla. No se adapta a la presión, sino que la acumula, y cuando supera un determinado umbral, ni avisa ni se deforma, estalla. Algo así puede suceder con el bloque progresista español. La atención se concentra en los problemas que rodean al Gobierno, pero la cuestión de fondo es más profunda. El PSOE sigue siendo la fuerza dominante en ese espacio mientras que su izquierda atraviesa una crisis existencial. Sumar no ha conseguido construir un liderazgo reconocible tras la retirada de Yolanda Díaz. Nació como una operación de reunificación y hoy transmite una imagen de dispersión y provisionalidad. Podemos, por su parte, conserva capacidad de ruido político, pero ha derivado en un partido testimonial, muy lejos de aquella fuerza que hace una década aspiraba a disputar la hegemonía de la izquierda española.

La consecuencia es que el PSOE resiste cada vez más solo. Lo que antes era un sistema diverso se ha ido convirtiendo en una estructura donde casi todo el peso recae sobre un único actor, y su capacidad de negociación con los nacionalismos periféricos. Y la resistencia es posible cuando existe un horizonte compartido. Resulta mucho más difícil cuando se convierte en el único argumento. Porque las sociedades aceptan errores e incluso escándalos cuando perciben una dirección clara. Lo que soportan peor es la sensación de estancamiento, sin saber hacia dónde van.

Por eso el problema no es únicamente cuánto puede resistir Pedro Sánchez, sino cuánto resiste una izquierda cuyo principal relato es evitar que gobierne la derecha. La verdadera fortaleza no consiste en aguantar indefinidamente sino en conservar la capacidad de cambiar antes de romperse.

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