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Opinión | sedimentos

Una luz entre las sombras

El viaje del papa León XIV a nuestro país ha inflamado un resplandor que ha iluminado, siquiera fugazmente, un escenario politizado, pleno de imprecaciones, descalificaciones y agravios, indeseable y virulenta polarización invasora de todos los ámbitos y estamentos. El ponderado discurso del pontífice, por el contrario, se ha cifrado permanentemente en el amor y en el respeto, como pilares de una paz social de la que los desamparados son los primeros excluidos.

El Papa se ha mostrado particularmente sensible con la infancia. «Dejad que los niños se acerquen a mí...», parecía decir su mirada serena, en tanto que los bendecía y alzaba en brazos con amor infinito. Mirada que también era de apoyo hacia los padres, en reconocimiento a su sagrada misión educadora. Entre otros, el Santo Padre recibió en su visita el desgarrador testimonio de una joven cuya infancia se desarrolló en un hogar roto. Ella se confesó incapaz de perdonar a su progenitor, el cual, además de someterla a una violencia devastadora, también arrastró a su madre en el naufragio familiar. Por fortuna, unos padres adoptivos consiguieron rescatarla a tiempo, hasta fraguar una personalidad nueva y limpia, dominada por las ganas de vivir, bajo un horizonte reconstruido y forjado en sentimientos en los que ya no creía.

La infancia de muchos niños sufre ignorada, mientras un infierno aniquilador señorea su existencia. Calvario del que, con suerte, pueden ser liberados por personas con auténtica vocación paterna, deseosos de iluminar de nuevo su vida. Pero no les va a resultar nada fácil: habrán de sortear multitud de trabas burocráticas y escollos que, a veces, devienen en renuncia a sus hermosas intenciones. ¿De verdad no existe un camino más fácil para favorecer la adopción, sin marginar las necesarias garantías que han de custodiar el proceso?

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