Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | el aula del revés

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

El truco del cartógrafo

Hace unos días los suizos rechazaron en referéndum una iniciativa con un nombre que lo decía casi todo: «No a una Suiza de diez millones». La propuesta, impulsada por la derecha conservadora de la UDC, pretendía endurecer la inmigración y el asilo si el país superaba los 9,5 millones de habitantes antes de 2050. El 55% votó en contra. La patronal y los sindicatos –enemigos naturales– hicieron causa común, porque sin trabajadores extranjeros los hospitales, las obras y los restaurantes suizos se apagarían en cuestión de horas. Más de un cuarto de la población es extranjera y en sectores como la sanidad o la construcción ronda un tercio. El «no» ganó con un argumento puramente económico: nos necesitamos.

Pero lo que me interesa no es el resultado. Es el nombre. Porque hubo un tiempo no tan lejano en que una iniciativa de este tipo se habría llamado de otra manera, con apellidos y procedencias, con un «ellos» señalado a dedo. Y ahora se llama por una cifra: diez millones. Ha desaparecido el rostro. Lo que antes era xenofobia con nombre y color de piel se ha convertido en un problema de aforo. Ya no se habla de quién viene, sino de cuántos cabemos. El sujeto ha sido sustituido por un número. Puro maquillaje.

Es un viraje retórico fascinante y, conviene decirlo, eficaz. El discurso racial es indefendible en una democracia decente: se reconoce a la legua, ofende y condena al que lo pronuncia. En cambio, el discurso del territorio es respetable. Habla de vivienda cara, de listas de espera, de aulas saturadas y de un sistema de bienestar que no da más de sí. Y todo eso es verdad: los alquileres suizos están entre los más caros de Europa y la sensación de saturación es real, no inventada. Ahí reside su fuerza y su trampa. Porque el malestar legítimo por unos servicios públicos desbordados es una cosa, y usar ese malestar como envoltorio presentable de un rechazo que sigue siendo al otro es otra muy distinta. El cartógrafo borra la cara del mapa y deja solo las fronteras. Más limpio. Más difícil de combatir. Aquí es donde aparece, creo, la verdadera tensión de fondo, que es la que separa los ideales de las ideas. Un ideal es una aspiración: la convivencia, la solidaridad, la dignidad de quien llega a trabajar. Una idea es un instrumento: un cupo, una cifra, un umbral demográfico. El problema de nuestro tiempo no es que falten ideales –los proclamamos y defendemos públicamente cada vez que tenemos ocasión– sino que las ideas con las que pretendemos servirlos a menudo los traicionan por la puerta de atrás. Decimos defender la cohesión social, y la articulamos como exclusión. Decimos proteger lo público y lo blindamos contra quien lo sostiene con su trabajo. El ideal queda intacto en el discurso; la idea hace el trabajo sucio en la práctica. Y no es un asunto suizo. Realmente es algo que podríamos analizar de forma generalizada en el «primer mundo». Perdemos población en dos tercios de los municipios, envejece la sociedad a velocidad de vértigo y sostenemos buena parte de la sanidad, del campo y sus cuidados con manos venidas de fuera. La pregunta que Suiza ha despachado en una urna nosotros la tenemos pendiente, y haríamos bien en formularla adecuadamente. Un territorio no se define por el número de los que lo habitan, sino por lo que es capaz de ofrecer a quien llega y de exigirse a sí mismo.

La lección suiza, es modesta y enorme a la vez. El miedo a lo diferente, a lo de fuera, no ha desaparecido: ha aprendido a vestirse de tecnócrata, a hablar de metros cuadrados y de ratios. Y frente a un miedo que ha cambiado de disfraz, no basta con repetir nuestros ideales. Hay que vigilar las ideas, las pequeñas, las que parecen neutras.

Por último, desde una perspectiva científica, la cuestión migratoria difícilmente puede abordarse únicamente desde parámetros territoriales o emocionales. La evidencia demográfica muestra que la mayoría de las sociedades desarrolladas afrontan simultáneamente un descenso de la natalidad, un aumento de la esperanza de vida y una reducción progresiva de la población activa. Este fenómeno, descrito por la teoría de la transición demográfica, genera tensiones crecientes sobre los sistemas de pensiones, sanitarios y de cuidados. Numerosos estudios económicos coinciden en que la inmigración, cuando se acompaña de políticas adecuadas de integración, contribuye al crecimiento económico, a la sostenibilidad fiscal y a la renovación del capital humano. La discusión legítima no debería centrarse únicamente en cuántas personas llegan, sino en cómo las sociedades son capaces de planificar, integrar y aprovechar ese talento para garantizar su propio futuro.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents