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Opinión

Lo invisible

Homenajeamos estos días a Cristina Fernández Cubas, cuyo último libro, Lo que no se ve (Tusquets), abunda en sus características autorales, como la obra de esos músicos fieles a su melodía interior.

La de Fernández Cubas comenzó en los ochenta con una serie de relatos que la crítica acogió con entusiasmo.

Eran los años, en España, del «realismo mágico» importado allende el Atlántico, cuando Borges, García Márquez o Cortázar deslumbraban con sus versiones alternativas de una realidad que no solo no les gustaba como espejo literario, sino que, trufada de referencias literarias, laberintos conceptuales, otras formas o maneras de narrar llegaba a las manos del lector con la novedad de un experimento genial. El realismo tradicional del cuento español saltaba por los aires también gracias a la ayuda de Cristina Fernández Cubas, asimismo exploradora de los senderos de la ficción, de las grietas en el muro de las percepciones sensoriales, de los sueños, presencias, intuiciones o revelaciones proyectadas por la mente hacia la oscuridad del subconsciente o de un más allá explorado con ayuda de la imaginación.

En Lo que no se ve, la autora no abre del todo la puerta, pero sí la entorna a esas fuerzas que a menudo pugnan por entrar en nuestras mentes, aposentándose en la realidad que nos rodea, alterándonos, dominándonos. Serán acaso los espíritus, algunos del mal, que la conciencia mantiene bajo el dominio de su ignorancia, pero que, bien por invocación o descuido de nuestra vigilancia pudieran llegar a ser, o al menos a mostrarse susceptibles de encarnación en terrores o pánicos. Con ellos, o contra ellos, los relatos de Fernández Cubas dibujan una extraña espiral en el vacío ascendente de una narración hipnótica que nos causa al mismo tiempo fascinación e inseguridad. Nada hay en esos cuentos determinante, ni la identidad, ni el espacio o el tiempo. El «ángulo del horror», por ejemplo, relato que nos estremece sin saber bien por qué, dará un paso más: una óptica distinta, como de otra especie, puede habitarnos. Sería como un sexto sentido que modificase a los otros, incluyendo nuestro juicio.

Porque hay cosas, demasiadas cosas invisibles...

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