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Opinión

Taiwán

Los líderes de las dos grandes potencias mundiales, China y EEUU, Xi Jinping y Donald Trump se han reunido en la capital del gigante asiático a mediados de mayo. Sobre lo tratado en los diferentes encuentros solo ha trascendido lo que los gabinetes de prensa han considerado, como es lógico. Si tengo que quedarme con un titular sería este, en palabras del líder chino: las posibles buenas relaciones entre los dos países dependen de Taiwán, la antigua Formosa en nuestros mapas de bachiller.

Si hemos de hacer caso a los antecedentes no deberían estar preocupados ya que Trump ha dado muestras de no ser muy respetuoso con la soberanía de otros estados, pretendiendo apoderarse de Groenlandia o raptando al presidente de Venezuela y anunciando cada dos días que irán a por Cuba en cualquier momento. Debemos entender que si China se hace por la fuerza con el poder en Taiwán no se oirán voces críticas desde Washington. El que los EEUU estén prestando ayuda militar a la isla significa que son aliados, pero ya sabemos lo que Trump valora a otros, los europeos integrados en la OTAN, por ejemplo, a quienes ha despreciado repetidamente. Abandonar a Taiwán no sería una sorpresa para casi nadie.

El conflicto entre chinos y taiwaneses viene de lejos, concretamente de 1927 cuando dos partidos políticos, el nacionalista isleño (Kuomitang) y el comunista chino se disputaron el poder. Estos combates duraron hasta 1949, cuando el primero de octubre Mao Zedong declaró el nacimiento de la República Popular china, incluyendo entre sus territorios a la isla con capital en Taipei. Desde ese momento dos entes políticos, el citado comunista y el nacionalista, de nombre República China, se disputan la soberanía. Dado que nos encontramos en los momentos posteriores a la Segunda Guerra Mundial y al comienzo de la Guerra Fría, los EEUU se aprestaron a ponerse del lado contrario a los comunistas, llegando en algún momento a enviar buques de guerra, en la presidencia de Dwid Eisenhower, para evitar la invasión amparándose en un tratado de defensa mutua firmado en 1955. El golpe diplomático más fuerte se lo dio la ONU a la pequeña isla, a la República China, cuando el asiento que venía ocupando Taipei le fue asignado a Pekín en 1971Dos administraciones se superponen y chocan en Taiwán, con enormes dificultades para sus habitantes que, mayoritariamente, defienden la independencia.

Al finalizar la Gran Guerra (1914-1918), hoy llamada Primera Guerra Mundial, el empeño del presidente norteamericano Woodrow Wilson hizo que en el Tratado de Versalles se creara un organismo internacional, la Sociedad de Naciones, para tratar de evitar en el futuro grandes conflictos como el que cerraba ese documento. Su papel no fue tan exitoso como hubiese querido su impulsor, pero ayudó a resolver o a encauzar disputas territoriales en diferentes partes del mundo. Esta organización saltó por los aires en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y siguiendo el ejemplo de su predecesor en el sillón de la Casa Blanca Franklin D. Roosevelt hizo que se crease la Organización de Naciones Unidas (ONU). Vemos, por tanto, que han sido necesarias dos guerras mundiales para que tras cada una de ellas naciese un organismo para hacer más llevaderas las relaciones entre los estados miembros.

Aunque Taiwán no es miembro de la ONU, su conflicto con la China continental debería ser asunto a tratar en ese foro. En pocas ocasiones hasta la fecha se han dado unas circunstancias tan evidentes para que se interviniese. Por la vía de presentar escritos formales las autoridades de la República China de Taiwán llevan años clamando por ver reconocido su estatus. Desde 1991 cada poco tiempo lo hacen, siempre sin resultados positivos. Han llegado a proponer que se les trate como observadores, fórmula ya admitida con Palestina, que tampoco es miembro de pleno derecho, pero, una vez más, sin éxito.

La buena voluntad de Roosevelt quedó plasmada en el nacimiento de la ONU, pero el transcurso del tiempo ha llevado a este organismo a una cierta inoperatividad, puesta de relieve sobre todo por la postura de Israel, apoyada incondicionalmente por los EEUU, de rechazar cualquier resolución que no coincida con sus intereses. Como decía Mafalda, se han convertido en «simpáticos inoperantes» y como una Tercera Guerra Mundial no se adivina en el horizonte (¡toquemos madera!), pues no está en la preocupación de las grandes potencias el nacimiento de una nueva organización que pudiese responder a los problemas de este siglo XXI.

Mientras no nazca esa nueva ONU a mí lo único que se me ocurre para tratar de encauzar conflictos como el de Taiwán es situarlos en otros foros, concretamente en dos, G7 y G20. En ellos no hay vetos posibles y las decisiones se toman por consenso o mayorías muy sólidas. Como el objetivo de esas reuniones en principalmente económico mejorar conflictos enquistados en el tiempo mejoraría la estabilidad mundial y eso todos lo entenderían.

No sé si esta solución u otras posibles se llevarán a cabo en un plazo de tiempo razonable, pero lo que me atrevo a afirmar es que no vamos por el buen camino y a los problemas hay que ponerles solución antes de que revienten.

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