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Opinión

Orcajo

Conduzco hacia Orcajo por la vieja carretera nacional de Teruel, por la que casi nadie transita ya. Las rampas de Paniza me traen recuerdos antiguos, de cuando viajar a la capital turolense o a Valencia era una aventura que entonces no parecía tal, simplemente un medio, una manera de llegar. Desde la autopista no se aprecian las parameras de Mainar que veo sembradas de dorado cereal, agitadas por un viento ardiente en amarillas olas. Los bosques dulcifican la sequedad del paisaje al llegar a Daroca, las rojas murallas de su antiguo reino vertebrando una rota espina sobre las alturas de la vieja ciudad. En dirección a Molina se vuelve a ascender hasta esos casi mil metros desde los que Orcajo se asoma a una vista que es más bien una visión: lomas, sierras, valles, una sinfonía de verdes, ocres y sienas bajo el azul de un cielo que allí parece más puro, con un oxígeno unos cuantos grados menos quemante que en la lejana Zaragoza, cuyo Ebro no se ve, aunque sí el mas lejano Pirineo, y tras él la ilusión de Francia.

Con el alcalde de Orcajo, Pedro Luis Aparicio, compartí las ilusiones de aquella facultad de Filosofía y Letras de los albores de la Transición, cuando todo era nuevo y puro, y se podía cambiar la época, incluso el mundo. Él se orientó a la Antigüedad, siendo hoy un experto en el antiguo Egipto; yo me dejé seducir por los guiños de la edad Moderna. En la tertulia que compartimos con Arcadio Muñoz, consejero de Cultura de la Comarca del Campo de Daroca, nuestras afinidades propusieron temas aplicados a la creatividad literaria y a las claves históricas, a ese matrimonio no siempre bien avenido entre el cine negro y la novela del mismo color. Muñoz hizo notar que las mujeres de entonces, las de Houston y Hammett, las de Bogart y Chandler, siempre parecían «fatales». Ciertamente, en ese aspecto el género ha envejecido mal, frenándose en los cuarenta, en los cincuenta, en los cigarrillos con boquilla, en los vestidos ajustados de raso, en Gilda y en Bacall...

Más que en ellas, al regresar, pienso en el pinsapar de Orcajo, en las sinuosas y estrechas calles del pueblo, con las rústicas casas bajas de las tierras altas, y en la buena gente que acabo de conocer y que allí seguirá viviendo y soñando.

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