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Opinión | EL ÁNGULO

El olor a napalm por la mañana

Cada escándalo prometía ser definitivo o cada revelación, el principio del fin de alguien. La política avanza de crisis en crisis y la batalla decisiva jamás llega

Hay frases que explican mejor una época que muchos ensayos. Ocurre con el «he visto cosas que vosotros no creeríais» de Blade Runner o con el monólogo del coronel Kilgore sobre el olor a napalm en Apocalypse Now. Este último no solo por la fuerza de la imagen, sino por lo que revela sobre quienes terminan acostumbrándose a vivir en guerra. Algo de todo eso se ha instalado en la política española.

Llevamos años escuchando que el país se encuentra ante una situación excepcional. Que el rival no es simplemente un adversario político, que su simple existencia es una amenaza permanente para la supervivencia de nuestra democracia. Que cualquier instrumento es legítimo porque lo que está en juego es demasiado importante. Y cuando uno acepta esa lógica, todo lo demás pasa a segundo plano.

Los procedimientos administrativos pasan a ser sospechosos, las investigaciones periodísticas se convierten en armas. Los tribunales son los nuevos frentes de batalla y algunos de sus miembros la avanzadilla en el combate. Las filtraciones, ya cotidianas, forman parte de ese arsenal de guerra. Cada noticia deja de evaluarse por su relevancia y sirve más por el daño que pueda infligir al contrario.

Da igual que se trate de contratos, empresas farmacéuticas, relaciones personales, concursos públicos o decisiones judiciales. El mecanismo es siempre el mismo, antes de indagar primero con profundidad qué ha ocurrido, la cuestión inmediata es quién gana y quién pierde. Lo llamativo es que esta dinámica ya no distingue entre gobierno y oposición. Tampoco entre medios, jueces o grupos de presión. Todos actúan bajo el supuesto de que la victoria está cerca y de que cualquier coste institucional será compensado cuando llegue el desenlace que, por cierto, nunca termina de llegar.

Cada escándalo prometía ser definitivo o cada revelación anunciaba el principio del fin de alguien. Sin embargo, la política española sigue avanzando de crisis en crisis sin alcanzar jamás la batalla decisiva que sus protagonistas parecen esperar. Por eso me acordé del coronel Kilgore, no tanto por el entusiasmo ante el napalm como por la melancolía que aparece después. Hay protagonistas que se encuentran demasiado cómodos en la guerra, tanto que dejan de preguntarse qué harán cuando termine.

El conflicto ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin. Ya no se trata de gobernar o tener un proyecto de gobierno mejor, juzgar o informar mejor. Se trata de resistir un día más hasta alcanzar una victoria que siempre parece inminente. Y así llevamos tres años respirando el mismo olor cada mañana.

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