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Opinión

Mojito cubano

Donald J. Trump, que no cree en el cambio climático, lo encarna realmente en el ámbito de la política internacional.

De hecho, su malsana degradación del clima político ha producido en el damero geo-estratégico mundial un «calentón» que va mucho más allá de lo que pudiera ser una consecuencia puntual para transformarse en un «efecto invernadero». Con duración, al menos, hasta el último día de la legislatura en que este ruin personaje ocupe la Casa Blanca, cubriendo su prestigio con una maloliente capa de lodo. Todo lo que en política internacional ha tocado tan lamentable individuo ha venido estando sujeto al capricho personal, la improvisación y la incapacidad táctica. En Venezuela capturó al dictador bananero, pero ha salvado a sus criminales esbirros, y también a su régimen, cambiándole la cara para robarle la cartera sin pedirle permiso. En Irán ha eliminado a su ungido líder, pero ha reforzado la dictadura de unos monjes y sicarios fanatizados por el poder, la violencia y el petróleo. Perversos dirigentes que se dedican a esclavizar y castigar a las mujeres, y a perseguir la libertad de expresión.

Venezuela, Irán, fiasco tras fiasco... Ahora le toca a Cuba. Allí, su inepto presidente, Díaz-Canel, y el chusquero de los Castro, Raúl, cuya fortuna serviría para dar de comer a su pueblo, se han bajado los calzones ante la gusanera de Miami y el expropiado ministro plenipotenciario Marco Rubio.

Un paquete de reformas, en línea de liberalizar la economía, aprobado deprisa y corriendo en la Asamblea Nacional, busca contentar a los yanquis, detener la invasión y, claro, salvar los muebles, los dólares, todo lo que se ha venido interceptando, nacionalizando, robando durante el largo período castrista. Resulta impresionante comprobar cómo esta cubanísima escoria revolucionaria, después de haber aniquilado la utopía izquierdista, embarrado las banderas de la justicia social, y de haberse reído de la historia, pretende aún conservar sus dividendos y beneficios, cuentas y privilegios, el gobierno y sus empresas agregadas, mientras la población se muere de hambre y La Habana se derrumba entre epidemias y atracos.

Sin disparar un tiro –como en las playas de Gaza–, la heladería Copelia, el Hotel Nacional, Varadero, los casinos y los cayos serán un buen botín para el invasor y futuro socio en el negocio de las hamburguesas y las putas. ¡Patria o muerte!

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