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Opinión | ojo avizor

David Lozano

David Lozano

Escritor

La aventura de opinar

La lectura es una experiencia muy personal. Por eso, desde un principio, la aparición de la figura del booktuber me pareció interesante, incluso entrañable. Poniéndome en su lugar, entendí la oportunidad de un escenario tan íntimo como el de la propia habitación –con más o menos atrezzo preparado para la ocasión– si uno se dispone a compartir impresiones al terminar un libro. Me seduce la idea, como demostró hace unos años mi seguimiento a varios de ellos, algunos de los cuales ni siquiera eran de los más populares. Imposible resistirme a la imagen de unos jóvenes hablando de libros, supongo.

Por eso me siguen sorprendiendo determinadas críticas a ese tipo de contenidos. A mi juicio, la pretensión de los booktubers no es –no debería ser– hacer crítica literaria profesional. Ni la hacen ni aspiran a sustituirla. Incluso me atrevo a decir que sería un error que lo pretendieran. La frescura de los booktubers ha radicado, desde sus inicios, en que ofrecen opiniones desde su libertad como lectores espontáneos. Ni más, ni menos. En ese sentido, yo me declaro sin titubeos partidario de ese formato. Me interesa lo que tienen que decir, las sensaciones que despiertan en ellos determinados títulos. Y me divierte la forma en que comunican esa información.

La crítica literaria profesional es otra cosa y hay que buscarla en canales distintos. Ya me ocurrió con los blogs en su época dorada: muchos hablaban de libros, pero muy pocos ofrecían auténticos análisis en profundidad. La crítica profesional de un libro requiere de una sólida trayectoria lectora que aporte referencias y de una formación previa que la mayoría de la gente –de cualquier edad- no tiene, por mucho que haya leído. Yo soy un fanático del cine, he visto miles de películas, pero a mí no se me ocurriría hacer crítica profesional de una película porque no puedo juzgar con parámetros técnicos la calidad de la interpretación, la estructura del guión, los planos y las secuencias, la fotografía o la banda sonora. Sí puedo, como espectador, manifestar mi opinión sobre una película, por supuesto. Y ahí está mi aportación. Esto mismo ocurre con los libros, la música... y por eso mismo debe haber espacio en la red para que convivan los diferentes contenidos de índole literaria, tanto personales como profesionales, que yo veo complementarios (otra cuestión es en qué deben fijarse las editoriales, las librerías o los potenciales lectores a la hora de apostar por un título).

Un reciente comentario despectivo hacia reseñas juveniles de libros (que no reseñas de libros juveniles) me ha hecho recuperar el recuerdo de la desproporcionada reacción que suscitó en su momento –hace ya más de diez años– el post «retrato del reseñista adolescente» de Ana Garralón, más próxima a un linchamiento popular que a la actitud de personas razonables. Sin duda, su reflexión encendió una inesperada mecha por su tono de cierto menosprecio hacia ese perfil joven que emplea la visibilidad de los canales de youtube para hablar de lecturas.

Por muy discutible que fuese la opinión de Ana Garralón –que lo era, seamos sinceros, porque no entendió la genuina pretensión del perfil youtuber–, ella la expresó de un modo correcto. Tenía todo el derecho a manifestarla y los demás la obligación de respetar sus palabras, aunque no compartiesen su postura. Un ambiente así, donde todo el mundo puede expresarse sin miedo a ser masacrado por el mero hecho de opinar diferente, no solo es democrático sino enriquecedor. En realidad, las reacciones excesivas hicieron mucho más daño a la imagen de los booktubers que el propio texto de Ana Garralón.

En cualquier caso, ese fenómeno de linchamiento repentino se ha vuelto tristemente familiar en la actualidad. Opinar en público se ha convertido en una aventura de alto riesgo, y lo triste es que eso está empezando a hacer enmudecer a quienes sí tienen algo valioso que compartir (los estúpidos no se callan nunca). El silencio de los sabios, de los prudentes, nos empobrece a todos. El problema, quizá, no está tanto en el hecho de que todo el mundo considera que tiene derecho a opinar, lo que es cierto, sino en su convicción equivocada de que eso los legitima para atacar y criticar sin ningún rigor las opiniones de los demás.

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