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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

JUAN BOLEA

Marcianos encarcelados

La imaginación de Steven Spielberg ha demostrado siempre una marcada tendencia hacia lo raro, inquietante, extraordinario o excepcional, encontrando a menudo temas muy sorprendentes sobre los que edificar sus películas.

Algunas de ellas, claramente de ciencia-ficción. En este género puede enmarcarse la última, El día de la revelación. Cuya idea no será del todo nueva para aquellos que sigan recordando hoy el que fue su gran éxito del pasado siglo: E.T.

En aquella primera incursión en el mundo extraplanetario, Spielberg ya apuntaba una serie de nociones morales de hondo calado, cuyo significado contribuyó a endulzar la presencia de ovnis y marcianos, y a embellecer la repulsiva apariencia del protagonista, aquel E.T. volador y amigo de los niños. No eran los "invasores" tales, pues ningún comportamiento agresivo, conquistador, depredador, se advertía en ellos. Más bien, todo lo contrario: curiosidad hacia la vida terrestre, y acaso un secreto anhelo de establecer contacto con nosotros para intercambiar saberes y sentimientos... Buen rollo, vamos.

Esos principios de sana convivencia interestelar se quiebran en El día de la revelación, pues, allá por los años siguientes a la II Guerra Mundial, con los primeros avistamientos de ovnis, bien pudo –sugiere Spielberg– producirse alguna captura de sus tripulantes. Seres bípedos, de enormes cabezas y filamentosos dedos, híbridos de humanos y reptiles, con lenguaje tan propio como sus facultades mentales, muchas de ellas (omnisciencia, multivisión, bilocación...) sobrehumanas, habrían sido «encarcelados» por fuerzas estadounidenses para ser estudiados en bases secretas del ejército. Mediante prácticas que rozarían la tortura y experimentos médicos prohibidos en humanos se habrían realizado en ellos pruebas tendentes a despojarles de dichos poderes y a trasladarlos, bien a computadores, bien a personas receptoras o transmisoras de los mismos mediante sofisticadas técnicas de envío de datos o telepatía.

A partir de allí, el guionista complicará la trama con un aire de thriller en torno al dominio de los mecanismos que permitirán a unos a otros, a gobiernos o empresas privadas, hacerse con estos poderes y aplicarlos a sus propios objetivos.

Una fábula, finalmente, en la que los E.T. vuelven a ser víctimas de la crueldad y ambición de los verdaderos amos del universo: nosotros.

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