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Opinión | TEJIENDO PALABRAS

¿Qué dijo León XIV en el Parlamento?

Me permito ofrecer un resumen con las ideas más importantes expresadas por el Papa en las Cortes Generales. Yo me sentí interpelado. Fue un discurso fundamentado en la antropología de la persona. Sus dos primeras preguntas fueron: ¿Qué concepción de la persona humana inspiran las leyes? ¿Qué tipo de sociedad construye la cámara legislativa? León XIV se remonta a la Escuela de Salamanca y a Francisco de Vitoria para afirmar que España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza de orden social, político o económico. Todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes. La dignidad, la justicia y el bien común son grandes herencias de España, donde se ha unido la acción histórica con la lucidez de la razón moral. Hay que construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no por la imposición de la fuerza. Formuló otra pregunta de gran calado: ¿Cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar? Enumeró algunas realidades de nuestro tiempo que deshumanizan nuestras sociedades.

El progreso ofrece posibilidades admirables como lo vemos en la Inteligencia Artificial y en las Nuevas Tecnologías; sin embargo, advirtió que la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quienes la conciben, la financian, la regulan y la utilizan. Por ello se requiere el discernimiento para revertir aquellas acciones que vulneran a la persona en su dignidad. Citó al Papa Francisco para alertarnos de la necesidad de no convivir con la cultura del descarte, atentando contra el futuro de nuestras sociedades. Defendió la vida humana desde el niño no nacido hasta el anciano enfermo que sufre en silencio. La grandeza moral de una nación se manifiesta en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.

La familia también fue objeto de su reflexión, considerándola como la primera escuela de humanidad en la que se aprende antes que en cualquier otro lugar la convivencia. La colaboración familia Estado debe respetar siempre el derecho inalienable de los padres a elegir el tipo de educación de los hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas.

De manera contundente afirmó que el trágico drama migratorio interpela hoy a la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional. Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica y social, se vulnera gravemente el principio universal de igual dignidad de los seres humanos. La situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas. Para ello es indispensable una acción coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración.

También abordó la profunda crisis espiritual y cultural con acciones evidentes de violencia y polarización. Es necesario el respeto mutuo entre quienes piensan distinto y promover una cultura del encuentro, de la reconciliación y de la amistad cívica. La paz exige una valentía diplomática, una responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo, así como la obligación de los Estados para resolver sus controversias por caminos pacíficos. Toda guerra constituye una dolorosa derrota de la capacidad de negociar. Las armas imponen un silencio temporal, pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera. Es urgente construir una cultura de la reciprocidad, de la convivencia madura y de la escucha. La paz también se instaura y se protege desde el lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos. Todos tenemos la obligación de custodiar la palabra para desarmar el lenguaje. La libertad sobre la que se edifica el Estado, si es auténtica, reconoce la dimensión religiosa del ser humano y la tutela jurídicamente. Ser libre significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. España, tierra de encuentro, de solidaridad y de esperanza ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad, así como su experiencia en el valor de la concordia y del esfuerzo paciente por construir una convivencia pacífica y justa. El Parlamento estuvo siete minutos aplaudiendo: «El que tenga oídos para oír, que oiga».

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