Opinión
Hacer trampa
Un día la trampa se convierte en parte de la vida y ocupa tanto tiempo en nuestro pensamiento que ya no conseguimos verla por ningún sitio
Es habitual cuando ves a dos niños de siete u ocho años jugar a un juego en el que uno resultará ganador y el otro perderá, que uno de ellos en un momento dado diga: «Has hecho trampa», para de esa forma deslegitimizar a su oponente y asegurarse la victoria, porque haga lo que haga el otro niño habrá hecho trampa. Veo a dos niños de esa edad jugando con un balón, uno hace de portero y está sobre unas rocas bajas y el otro desde el agua tira el balón para intentar marcar un gol. El supuesto portero ve que su amigo es bueno y tira bien y entonces diseña una serie de normas que van a hacer que el niño que está en el agua no consiga meter ningún gol y si lo consigue simplemente habrá hecho trampa porque no habrá mantenido la vertical o habrá sacado en exceso el pie del agua. Y eso es lo que sucede y cada vez que el niño del agua mete un gol, el que está sobre la roca grita: «has hecho trampa», y aunque el niño del agua sabe que su amigo es el que está haciendo trampa, también sabe que ha sido más rápido, ha marcado unas normas que él ha aceptado y ahora solo puede seguir intentando meter un gol que sí puntúe, mientras espera que los gritos de mamá y papá los saquen del agua y los lleven hasta la arena donde el maldito juego por fin habrá terminado.
Hacemos trampa. De niños para intentar ganar sin que nuestra trampa tenga más trascendencia, salvo que un día una amiga no quiera volver a jugar con nosotras y nosotras no entendamos la razón, aunque sepamos que siempre jugamos con ventaja porque hacíamos trampa. Seguimos haciendo trampa: en un examen, en las mentiras que negamos, en las verdades que oscurecemos, en las declaraciones veladas, en las grietas ensayadas, en las noches sin madrugada, ante las cosas que no nos gustan. Y un día la trampa nos atrapa y se convierte en parte de nuestra vida y ocupa tanto tiempo en nuestro pensamiento que ya no vemos la trampa por ningún sitio y simplemente creemos que nuestra conducta es la correcta porque otros también lo hacen o porque el puesto alcanzado permite juzgar con deslealtad y falta de criterio haciendo trampa y usando la altura sobre una pequeña roca de la misma forma que ese niño impone sus normas. No porque sea más listo, que no lo es, solo porque supo ver en la oportunidad y en la trampa una forma de arrollar a su amigo, que leal sigue tirando una y otra vez el balón sabiendo que nunca marcará gol.
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