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Opinión

José Ángel Bergua Amores

José Ángel Bergua Amores

Catedrático de Sociología de la Universidad de Zaragoza

Zaragoza

Sobre la IA y otras hierbas

Bienvenida sea la IA porque gracias a sus fracasos nos (re)encontraremos con lo que realmente somos y nos constituye

He oído que los proyectos de investigación presentados a las convocatorias del Ministerio de Ciencia, Investigación y Universidades ya se elaboran con IA y que el propio ministerio la utiliza también para impedir que esas propuestas (fraudulentas) sean seleccionadas. Se me ha ocurrido que podría ser la IA quien evaluara los proyectos que, de presentarse, serían seleccionados y pasara directamente a encargar las investigaciones a quienes entienda que podrían realizarlas, incluso sin que a los interpelados se les hubiera pasado nada (todavía) por la cabeza. Aunque, ya puestos, sería mucho mejor que la propia IA realizara la investigación. De este modo, la propia ciencia, que suele avanzar a tientas y corrigiéndose constantemente, desaparecería y cedería su espacio a verdades incontestables ¿Para qué investigar la realidad si la IA ya sabe cómo es y será?

La democracia, que se ha ido alejando de su fuente de soberanía, la gente, casi ha llegado a ese extremo. No obstante, si se sustituyeran las elecciones por estimaciones demoscópicas basadas en IA, la máquina decidiría quién es el partido vencedor, aquellos otros con los que debería gobernar e incluso los nombres y apellidos de diputados, asesores, ministros, etc. Aunque, ya puestos, podría gobernar directamente. En fin, que la IA podría arreglar definitivamente la democracia... ¡acabando con ella!

Hay otros muchos asuntos que funcionan de un modo parecido. Por ejemplo, los libros de autoayuda, que se encargan de crear, describir y hacer asumir los problemas o enfermedades de los que luego te curan a base de narraciones cuya épica no difiere mucho de la que exhibe la literatura y la filmografía heroica, muy relacionada con los valores y creencias que el liberalismo ha ido asentando en la cultura actual. Si la IA apareciera, acabaría al instante, no solo con esa literatura de aeropuertos, sino con la propia psiquiatría, pues produciría directamente los enfermos que luego, de distintos modos, ella misma se encargaría de curar o segregar. ¡Ojalá la IA llegue a comunicarnos su decisión! Porque podría perfectamente no hacerlo.

Por eso, solo cabe confiar en que la nueva máquina se estropee, como ha sucedido siempre con cualquier aparato, ya que es precisamente en esos fallos donde la vida (re)aparece. No obstante, de tales fallos no hay que esperar nada, tan solo celebrarlos, pues son monumentos a eso indefinible que no requiere explicación. Por lo tanto, bienvenida sea la IA porque gracias a sus fracasos nos (re)encontraremos con lo que realmente somos y nos constituye.

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