Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Con sentido / Sin sentido

Democracia y esclavitud

La mitificada democracia ateniense podía carburar porque había una media de 20.000 esclavos extrayendo plata en las vecinas minas de Laurión. Esa mano de obra garantizaba, con escasos costes, que los ciudadanos pudieran dedicarse a debatir en el ágora o la boulé (asamblea) y prosperar en sus negocios. La república romana también ensayó un tipo de democracia donde las élites y también la plebs (pueblo) se beneficiaron de la creciente población esclava que se desbordó en época imperial. Roma devino una potencia extractiva a nivel individual (siervos) y colectivo (colonias) donde sus ciudadanos de derecho, sobre todo en la Urbs, podían vivir de la sopa boba y abandonarse al ocio de los espectáculos sufragados.

En las democracias contemporáneas la esclavitud está jurídicamente abolida, pero existe una «esclavitud económica» de facto que afecta a las clases bajas y, sobre todo, a los emigrantes recién llegados. Basta observar las cocinas y servicios de nuestra hostelería, los repartidores, las limpiadoras, las cuidadoras de ancianos, los peones de las obras para comprobar esto. Son trabajos que los ciudadanos españoles de pleno derecho rehusan, pero que hay que cubrir para que la maquinaria siga operando. La xenofobia nació en Grecia (xenos = extranjero) y ahora está siendo rescatada por una parte de nuestra ciudadanía jaleando la «prioridad nacional». Como casi todas las consignas ultraderechistas, es una entelequia irrealizable, pero funciona como acicate para tanta gente que ve como única salida a su frustración, ignorancia y rencor el griterío patriotero. Europa, varada en las aguas pantanosas de su prosperidad, busca también culpables a la falta de horizontes y a la insatisfacción de sus privilegiados ciudadanos. Nunca había habido tanta riqueza, cada vez peor repartida eso sí, y nunca tanto miedo; el neoliberalismo ha deparado esta situación, pero, aún así, somos un paraíso para aquellos que quieren huir de la inseguridad, del horror, de la falta de perspectivas de tantos países… Prefieren ser «esclavos» precarios en Europa a ciudadanos libres del Estado ruinoso y sin futuro del que provienen. Integrar a esa masa de «siervos» en el sistema, convertirlos en ciudadanos integrados es el gran reto. Al fin y al cabo -la arqueogenética lo está demostrado- los europeos somos descendientes de oleadas migratorias que fueron impregnando el continente, primero desde África, luego de Medio Oriente y de las estepas indoeuropeas u otras latitudes -en España tuvo relevancia el aporte bereber con la dominación islámica-. No hay una genealogía puramente española, todos somos hijos de migrantes, pero algunos tenemos la suerte de ser como los ciudadanos atenienses y debemos dar las gracias a los que están haciendo el trabajo sucio.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents