Opinión | El ángulo
La infinita generosidad
Hay una forma de racismo que no grita. No necesita insultos ni agresiones. Se expresa con una mueca de desaprobación cuando una familia migrante ocupa una mesa en un parque para celebrar un cumpleaños, con el comentario sobre las costumbres que traen, con las miradas incómodas cuando llegan varios niños de origen extranjero a la piscina municipal. Es un racismo aceptado, educado incluso, que se disfraza de preocupación por la convivencia. Pero todos sabemos que es otra forma de señalar al diferente.
Hace unos días conocíamos en Caspe un suceso de crueldad extrema. Una organización explotaba laboralmente a decenas de trabajadores extranjeros aprovechándose de su vulnerabilidad, con amenazas, condiciones indignas y, según la investigación, agresiones sexuales. Los delincuentes no eran los migrantes, eran quienes hacían negocio con ellos. Sin embargo, esa realidad no produjo ningún debate de calado el espacio público.
En cambio, sí lo ocuparon las declaraciones del vicepresidente Nolasco asociando a los menores extranjeros tutelados con algunos de los delitos más graves. Nadie discute que quien delinque debe responder ante la Justicia, pero lo preocupante es que cuando un responsable público deja de hablar de individuos para hablar de colectivos, deja de describir una realidad y empieza a construir un marco mental. Y ese marco tiene consecuencias.
Si desde una institución se señala reiteradamente a un grupo como un problema, se rebaja el coste moral de desconfiar de todos los que se parecen a él. Se levanta una veda que ya no distingue entre un menor tutelado, un temporero que recoge fruta o una familia que pasa la tarde en una piscina municipal. El prejuicio deja de necesitar pruebas, le basta el origen.
Pero sería demasiado cómodo pensar que el problema termina en un atril o en un micrófono. Esas palabras encuentran eco porque hay un terreno abonado, en esa tolerancia ejercida desde la superioridad con la que se contempla a quienes vienen de fuera. Seamos sinceros con nosotros mismos, más allá del discurso político, seguimos mirando a las personas migrantes como ciudadanos de segunda categoría. Viven con nosotros, pero no acabamos de considerarlos uno de los nuestros.
Y aceptar la categorización, los prejuicios termina en la deshumanización. Y la historia demuestra que pocas cosas resultan más peligrosas para una democracia que acostumbrarse a mirar a una parte de sus vecinos como si nunca fueran del todo de los nuestros. Quizá convenga recordarlo ahora, antes de que volvamos a convencernos de que nuestra intolerancia no es intolerancia, sino una muestra más de nuestra infinita generosidad.
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