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Opinión

Un loco en Estocolmo

La literatura nórdica continúa proporcionando un nombre tras otro a la novela negra. Un decidido apoyo de sus gobiernos a esta manifestación cultural, tan popular y, al mismo tiempo, tan especializada, ha convertido el género en una fuente de divisas para el país. No tanto como lo que supuso el pop para el Reino Unido, pero los principios estratégicos y comerciales en poco se diferencian.

Lo que hace distinta a El guardián de ángeles (RBA), que así se titula la novela de Morgan Greene es, en primer lugar, que su autor es inglés; e, inmediatamente, las escenas de sus crímenes ambientados en Suecia. Todas -hasta siete, durante los años noventa- muy similares entre sí: niñas, adolescentes apenas, violadas, asesinadas y «colocadas» en un claro de los bosques que rodean Estocolmo como si fuesen ángeles, con ramas de abedules clavándolas a tierra, ensartándolas por las costillas y elevándose al cielo como si fueran alas extendidas. El descubrimiento de un nuevo asesinato que podría estar imitando a la macabra serie original pone en marcha a la policía sueca metropolitana de Estocolmo en medio de un mar de dudas: ¿se trata de un imitador?; ¿o bien se cometió un error en la pasada investigación y el hombre al que encarcelaron como supuesto criminal era, en realidad, inocente?

Con este motor, el dinamismo de la acción está asegurado. El riesgo real de que maten a una nueva chica pesará como una losa en la conciencia de los profesionales encargados de solucionar el caso: el inspector Wiit y la inspectora Johansson, hija, precisamente, del policía que investigó la serie original. Su relación personal no será precisamente fluida. Wiit responde al modelo del agente antiguo, puramente físico, intimidador; mientras Jamie reúne capacidades más técnicas, es más pausada y prudente. Un equipo de policía científica les asistirá en tiempo real desde comisaría, mientras ellos desempolvan antiguos sospechosos y vuelven a revisar las viejas pistas en busca del «guardián de ángeles». Alguien, un hombre, con seguridad, un pedófilo que sabe manejar la madera y que está lo suficientemente trastornado como para someter a niñas menores de catorce años a un sufrimiento inhumano y a un macabro final.

Espeluznante.

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