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Opinión

Alberto Quílez Robres

Alberto Quílez Robres

Doctor en Educación por la Universidad de Zaragoza

Cuando las máquinas empiezan a contestar por nosotros

No hace mucho imaginábamos como un robot metálico, frío y obediente, estaba condenado a servirnos el café o a destruir el mundo en una película de domingo. También imaginábamos patinetes voladores o trenes de alta velocidad encapsulados. La realidad ha resultado menos espectacular pero mucho más inquietante. La IA no ha entrado de golpe, sino que ha llegado despacio, sin pedir permiso, mezclada con el correo electrónico, el avance de los buscadores, del móvil, y hasta de la soledad.

Los nuevos modelos de IA ya no se limitan a responder preguntas. De hecho, nunca fueron pensados para únicamente eso, ni para ser utilizados como buscadores de información. Como inteligencia, razonan mejor, interpretan imágenes, generan vídeos, escriben código, leen documentos, resumen historias clínicas y empiezan a actuar como agentes capaces de planificar tareas encadenadas. Por primera vez, millones de personas tienen a su lado una herramienta capaz de ampliar su memoria, ordenar su pensamiento, traducir el mundo y acompañar decisiones que antes exigían tiempo, dinero o especialistas. Esto puede cambiar vidas, veremos si para bien o para mal. Por lo pronto, pensemos en una persona mayor que necesita entender una carta administrativa. Bien utilizada, la IA puede ser una prótesis cognitiva, una escalera para quien siempre llegó tarde al ascensor del conocimiento. Pero toda escalera puede servir también para mirar por encima del hombro. La tecnología no es neutra cuando se instala en sociedades desiguales. Si la inteligencia artificial solo mejora la vida de quienes ya tienen formación, recursos y criterio para usarla, entonces no democratizará el futuro: lo privatizará. Si sustituye acompañamiento por automatización barata, si convierte la educación en respuestas instantáneas o si transforma la salud en protocolos sin rostro, no estaremos ante progreso, sino ante una forma elegante de abandono. También existe otra cara oscura de su aplicación, como en las guerras actuales donde el avance de estos modelos está siendo determinante para llevar adelante acciones devastadoras.

La ciencia empieza a mostrar esa doble cara. El AI Index de Stanford describe avances extraordinarios en razonamiento, medicina, ciencia y productividad, pero también advierte de una brecha entre lo que la IA puede hacer y la capacidad institucional para comprenderla y regularla. En medicina, Nature Medicine recuerda que el potencial es enorme, sí, pero que la evidencia clínica todavía exige prudencia. Una IA puede sugerir un diagnóstico que salve una vida, pero también puede equivocarse con una seguridad impecable. En educación ocurre algo parecido. La IA puede personalizar, adaptar, traducir, estimular y ayudar. Pero también puede atrofiar. ¿Qué sucede si dejamos de leer porque alguien resume por nosotros? ¿Qué pasa si los niños solo aprenden a pedir respuestas antes que a formular preguntas? ¿Qué humanidad estamos construyendo si confundimos aprender con recibir una solución inmediata? La escuela no puede prohibir la IA como quien tapa el sol con una persiana, pero tampoco puede entregarse a ella como si fuera una nueva religión pedagógica. Necesitamos criterio, y no tanta fascinación.

El riesgo no está solo en que la IA piense demasiado, sino en que nosotros pensemos demasiado poco. Delegamos la orientación al GPS y empezamos a olvidar caminos. Delegamos la memoria al teléfono y dejamos de recordar fechas y rostros. Ahora podemos delegar la escritura, el análisis, la creatividad, la duda. Quizá debemos empezar a plantearnos no qué podrá hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué querremos seguir haciendo sin su intervención o ayuda.

Por eso el debate que se abre no solo puede quedar en manos de tecnólogos, inversores o vendedores de entusiasmo. La IA necesita ingenieros, pero también filósofos, juristas, médicos, docentes, familias, periodistas y ciudadanos. Europa ha empezado a regular los modelos de propósito general con obligaciones de transparencia, seguridad y responsabilidad. Es un paso necesario, aunque insuficiente si la regulación llega siempre detrás del mercado. No todo vale. No vale entrenar sistemas con datos sin derechos. No vale automatizar decisiones sin explicación.

Incluso puede que el verdadero desafío no sea crear máquinas más inteligentes, sino plantearnos si las domesticamos, les damos derechos o las esclavizamos. Alguno pensador ya han plateado estas cuestiones recientemente. Y es que, la IA puede ayudarnos a vivir mejor, a curar antes, a aprender más y a trabajar con mayor dignidad. Pero también puede fabricar dependencia, desigualdad, desinformación y una nueva forma de mediocridad satisfecha: la de quien ya no necesita saber porque siempre hay algo que contesta por él. Conviene recibir estos nuevos modelos sin miedo, pero también sin rendición. No hay debate sobre si la IA cambiará nuestras vidas. Ya lo está haciendo. La cuestión es si ese cambio nos hará más humanos o simplemente más eficientes. Y si, cuando todo pueda automatizarse, aún seremos capaces de defender aquello que no debería tener botón de apagado: la conciencia, la responsabilidad, la ternura, la duda y la palabra propia.

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