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Opinión

Los cavernícolas

Me refiero a los habitantes de la (nuestra) caverna de Platón que, ante el discurso del papa en el Congreso, se dieron a sí mismos, no a él, un aplauso de siete minutos. Ellos son su única realidad de la caverna. Se aplaudieron por inteligentes, capaces, cultivados, íntegros, desprendidos, por su amplitud de miras, por su sentido de Estado, por entender que son próceres de la patria, aunque el término no les guste (aquí se puede seguir añadiendo lo que uno quiera). Todo vale para el autoengaño, para esa autopercepción hinchada de vanidad que, en consecuencia, bloquea la más mínima posibilidad de autocrítica y de entender qué es la vida fuera de allí.

Sí, comparto que se pueden hacer críticas al hecho del discurso de un papa en el Congreso; admito que la palabra más deseada por muchos, «corrupción», no se pronunció; admito que es un discurso construido desde la creencia en Dios que, la mayoría de los políticos no tienen, o la utilizan como una herramienta para sus intereses. Puedo admitir opiniones a favor o en contra, pero creo que es muy difícil encontrar más miseria humana que en la casta política española. Las instituciones políticas estatales, autonómicas, y locales, deberían respetarse más.

El proceso de deshumanización al que estamos asistiendo, se refleja principalmente en el modelo de relaciones que mantenemos. Los políticos son un buen reflejo de esta realidad, aunque podríamos descubrirnos todos en ella. Pensemos un poco. El recelo, la desconfianza, es la reacción habitual ante cualquier realidad que se nos presente; la incredulidad, el escepticismo, ya es casi una forma de vida; el saber, el entendimiento, se ha sustituido por la opinión desinformada y, por tanto, deformada; la competencia, la autoridad, se han transformado en pura emoción irracional; la destreza, la pericia, la hemos ido convirtiendo en rumor; de la anécdota, hemos hecho categoría.

El lenguaje bronco que utilizan habitualmente nuestros políticos no deja de ser una evidencia más de sus limitaciones. El empobrecimiento del lenguaje es muy preocupante porque, como no dejan de salir en los medios, no es algo que se pueda disimular. Creo que han abandonado los tres puntos que permiten tener actualizado el rico lenguaje. Viéndolos es fácil comprobar que, primero, no leen; segundo, no conversan; tercero, no reflexionan. ¿Cómo cultivar la construcción de frases si no mantienen estos tres hábitos? Así, no salen de hablar de los mismos temas con las mismas palabras y, siempre, desde las mismas ideas como si la evolución de estas fuera una afrenta. ¡Qué pereza! ¿Cuánto tardarán en terminar sus frases añadiendo un bro? Vivir en la caverna impide ver la realidad y lo prefieren. Por eso nuestros políticos se comunican y dan a conocer sus ideas a través de las redes sociales. Pocas palabras y sin profundidad. Lo virtual frente a lo real. La caverna siempre. La vida de los ciudadanos es más compleja y, sobre todo, necesita más respeto. Tenemos problemas profundos que requieren soluciones profundas de políticos comprometidos y serios. Los cavernícolas no lo han entendido. Sus propias sombras les bastan.

Ante esta situación, ¿qué hacemos los ciudadanos? Existe el derecho a una sana indignación que no debe transformarse en opciones de fuerza física o verbal, porque eso nos situaría a la misma altura de la casta política española, y no estamos para caer tan bajo. Esa sana indignación debería llevarnos a ese movimiento interior de resistencia al olvido, de crítica al poder mal ejercido, y esa exigencia histórica de que lo público, lo de todos, no es privado para los políticos.

En el ensayo Allegro ma non troppo de Carlo M. Cipolla, el autor describe cuatro tipos de personas en función de los actos más o menos benéficos para los otros y para sí mismos. Los describe así: los inteligentes cuyas acciones benefician tanto a los demás como a sí mismos. Los ingenuos que ayudan a los demás, pero les perjudican a ellos mismos. Los malvados que solo piensan en sus intereses, pero los otros salen perjudicados. Y, por último, los estúpidos que perjudican a otras personas o grupos sin obtener ningún beneficio personal. Para Cipolla los más peligrosos son los estúpidos, ya que su comportamiento es irracional e impredecible.

Toca ser muy inteligentes. Aunque, de fondo, se escuche a la casta política gritando en la caverna una frase de los hermanos Marx: ¡Más madera!

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