Opinión | Editorial
Estados Unidos, tras 250 años
Ayer, 4 de julio, se cumplieron 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. La independencia de las trece colonias dio origen a un experimento constitucional que marcó la historia política contemporánea. Su aportación más duradera no fue solo la creación de un nuevo Estado, sino la formulación de un modelo basado en la soberanía popular, la división de poderes y la limitación del gobierno que acabaría inspirando a buena parte de las democracias liberales. Como observó Alexis de Tocqueville, la singularidad de EEUU residía tanto en la solidez de sus instituciones como en la vitalidad de su sociedad civil.
Sobre esa base, el país se convirtió en uno de los principales motores de innovación científica, tecnológica y económica durante buena parte del siglo XX. Hollywood, el jazz, el rock, el pop, la televisión y, más recientemente, internet, las redes sociales, las plataformas digitales y buena parte de los avances en inteligencia artificial nacieron o encontraron allí las condiciones para desarrollarse y difundirse globalmente. EEUU no solo exportó productos y tecnología, sino también formas de consumo, de comunicación y de entender la innovación. Pocos países han ejercido una influencia cultural comparable durante el último siglo.
Ese liderazgo también tuvo reflejo en su política exterior. Durante el siglo XIX, Estados Unidos evitó implicarse en los asuntos europeos, mientras consolidaba su influencia en el continente americano al amparo de la Doctrina Monroe. Tras la Primera Guerra Mundial, Woodrow Wilson defendió un orden basado en el derecho internacional, la cooperación y la seguridad colectiva. Después de 1945, EEUU pasó a liderar el orden liberal, las alianzas occidentales y las principales instituciones multilaterales. La promoción de la democracia y del Estado de derecho se convirtió en uno de los ejes de su política exterior, aunque no siempre de forma coherente.
Ese recorrido también estuvo marcado por profundas contradicciones internas. La igualdad proclamada en 1776 convivió con la esclavitud. La segregación racial perduró durante décadas y el macartismo mostró que ninguna democracia está inmunizada frente a los excesos del poder. Al mismo tiempo, Estados Unidos demostró una notable capacidad para corregir parte de esas derivas a través de sus propias instituciones. La presidencia de Donald Trump ha reabierto el debate sobre la continuidad de su democracia y el papel de Estados Unidos en el mundo. La polarización política, el cuestionamiento de algunos contrapesos institucionales y una política exterior más unilateral contrastan con una tradición basada en el multilateralismo, las alianzas y la promoción democrática. Vista desde la perspectiva de sus 250 años de historia, la actual coyuntura constituye una prueba importante, pero es pronto para concluir que el legado norteamericano ha quedado atrás. Sus instituciones siguen funcionando y buena parte de la sociedad continúa defendiendo los principios constitucionales sobre los que se fundó la república. La cuestión es si Estados Unidos volverá a demostrar, como en otras etapas de su historia, capacidad para corregir sus propias derivas y recuperar con ello parte del soft power descrito por Joseph Nye. De ello dependerá, en buena medida, que siga siendo un referente.
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