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Opinión | Opinión

El Burgo de Ebro

Hacía tiempo que no visitaba El Burgo de Ebro y quedo gratamente sorprendido con las nuevas instalaciones que allí se han puesto en marcha. Concretamente, el edificio El Faro, un moderno centro cultural, me parece una muestra de buen gusto y practicidad. El concejal de Cultura de El Burgo, Jorge Quiroga, me asegura que se ha ejecutado con recursos propios, municipales, derivados de los ingresos por tasas de empresas instaladas en su polígono empresarial. El milagro de las nuevas industrias, unido a la tradición de las ya operativas, ha transformado esta ribera del Ebro, y a este municipio de tres mil habitantes, en un próspero híbrido donde la agricultura convive con las tecnológicas y el habitante urbano con el de raíz rural. Todo en plena y bien comunicada área metropolitana, a un cuarto de hora en coche de la capital de Aragón.

En El Faro se ha programado una conferencia de Rubén Martínez sobre Enigmas en la vida y en la obra de Francisco de Goya. La escucho con atención, por lo que de nuevo pueda aportarnos.

Como historiador cultural que es, Rubén Martínez nos ofrece una visión del pintor atrapado en la Ilustración, centrifugado por las fuerzas de la historia, en cuyo secreto interior se movió durante toda su vida. Esa contradicción, o contrariedad, de un espíritu, el goyesco, ansioso de progreso, de evolución, queriendo iluminar el país con las luces de Voltaire, Diderot y la Enciclopedia, pero al mismo tiempo aherrojado entre las oscuridades de la Inquisición y de una corte absolutista a la que servía como pintor de cámara, simbolizó una vez más un destino español repetido en el tiempo y la historia. Los franceses deberían haber traído la vanguardia, la educación, el futuro, pero en lugar de ello sembraron las ciudades y los campos españoles de cadáveres y mujeres violadas. Para Goya, Jovellanos o Moratín fue un duro revés, un desengaño. Y, sin embargo, después del fracaso del Trienio Liberal, y del triunfal regreso, por segunda vez, del absolutismo en la persona de Fernando VII, se irían a exiliar, a morir, a Francia.

También nosotros, como aquellos aragoneses ilustrados, nos encontramos hoy en medio de opuestas tendencias, bajo una bóveda de incertidumbre. Ojalá sepamos encontrar, con equilibrio, una salida a los actuales laberintos de trampas, propuestas y dudas. Porque exiliarnos no entra en nuestros planes, y menos viviendo –sus afortunados habitantes–, en El Burgo de Ebro.

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