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Opinión | En el punto de mira

Una sentencia cuestionada

A veces, cuando te timan, además del dinero pierdes otras cosa. Por ejemplo la honorabilidad o la decencia. En el caso del timo de la estampita, además de quedar como idiota, quedas como mala persona, pues eres timado tratando de aprovecharte de un inocente. No sé si este puede ser un buen símil para explicar cómo me siento tras las merecidas sentencias a Koldo y Ábalos y la exoneración de pena para Aldama. Lo cierto es que me siento timado por quienes les juzgaron y estafado por ese señor que, siendo el inductor de la trama, «el nexo corruptor» según la UCO, se ha ido sin cumplir condena de cárcel y devolviéndole casi cuatro millones que había estafado en su bolsillo. ¿Que cómo queda el tribunal? Eso, júzguenlo ustedes.

Porque este señor, no se ha limitado a «colaborar». Está haciendo de ello apología permanente de sus actos presentándose como ciudadano ejemplar, en lugar del villano que es, por todos los platós de televisión y medios de comunicación. Se ha convertido en un mártir del sanchismo, el único capaz de acabar con el gobierno, el aliado fundamental para la unidad entre PP y Vox. Tanto es así que la derecha le lleva a sus manifestaciones, le vitorean y aplauden en sus actos y lo presentan como un ciudadano ejemplar, cuando ha sido condenado como inductor de la corrupción. Comentaban estos días unos prestigiosos periodistas el chasco que se llevaron hace unas semanas, cuando en una discoteca madrileña encendieron las luces, apagaron la música y apareció cual refulgente estrella del rock este señor y su séquito entre aplausos, gritos y aglomeraciones para hacerse selfis con gran parte de la clientela.

En este caso, la justicia negociada, como así le llaman los juristas, ha creado el estereotipo de un personaje indecente y corrupto, un monstruo. Y ha acuñado un mensaje para la población; el de que el mundo no es de los que más trabajan, más se preparan, más se esfuerzan y son buenos ciudadanos, sino de los que aprenden a burlar con más artes y más descaro las leyes y las reglas.

Entiendo que al comisionista se le aplique el atenuante de confesión. Ahora bien, en este juicio, a los corruptos que han recibido las migajas del fraude se les aplica una pena que casi sextuplica la del gran corruptor, que conserva los beneficios económicos y evita el ingreso en prisión.

Por mucho interés que haya de los jueces por transmitir dureza contra la corrupción, a la par que beneficios para aquellos que estén dispuestos a «cantar» lo que conocen de determinados personajes públicos o privados, deberíamos hacer una aproximación al efecto «purificador» de la sentencia. Por un lado, se enaltece la cultura del arrepentido corruptor, se la aproxima a la figura de héroe. Y, por otro lado, la cuantía de las otras penas sobrepasa con creces las conocidas hasta ahora en casos parecidos, como pueden ser las de Eduardo Zaplana o Rodrigo Rato: el primero, expresidente de la Generalitat Valenciana, ministro de Trabajo con Aznar y exportavoz del grupo parlamentario popular con Rajoy, se le condenó a 10 años de cárcel por delitos que le repercutieron unos beneficios de 10 millones de euros, y hasta ahora, solo ha pasado nueve meses en la cárcel. En el caso del exvicepresidente económico con Aznar y exdirector general del FMI, condenado a algo menos de cinco años por tres delitos que suponían un fraude de ocho millones, está en la calle.

Las penas para los asesinos en España oscilan entre 15 y 25 años de cárcel; las de violación entre 4 y 15 años; y las penas por pederastia entre los 2 y los 6 años, aunque pueden llegar a 15 con agravantes. La desproporción solo puede ir en descrédito de los magistrados que firmaron la sentencia. A la que nadie puede corregir en España, pero sí en el TJUE (Tribunal de Justicia de la Unión Europea). Con estas actuaciones recuperar la confianza en el sistema judicial es harto complicado, porque la política está recurriendo a algunos jueces, no para que se haga justicia sino para debilitar al adversario político y ganar las siguientes elecciones. Y eso en democracia, es muy peligroso.

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