Opinión
Ideas de bombero
Esa es la trampa de las ideas de bombero: funcionan muy bien para conquistar el poder, pero son un desastre para la sociedad
Se acaba de cumplir el décimo aniversario de una de las peores malas ideas de la historia reciente: el referéndum que sacó al Reino Unido de la Unión Europea. Hace justo una década, a alguien del entorno de Boris Johnson, o quién sabe si a él mismo, se le ocurrió que la mejor forma de conseguir votos para el Vote Leave de los partidarios del Brexit era afirmar, entre otras cosas, que en caso de ganar la votación el Reino Unido dispondría de 350 millones de libras de presupuesto adicionales a la semana que podrían ser destinadas, por ejemplo, a mejorar su sistema sanitario.
Por supuesto, aquel dato era profundamente engañoso, pero fue una poderosa razón para que una parte importante de los que fueron a votar en el referéndum de junio de 2016 eligiesen la papeleta para abandonar la UE.
Resulta difícil defender que el Brexit haya sido un buen negocio para el Reino Unido: según los datos de la OBR, una de sus principales autoridades fiscales independientes, la productividad potencial del Reino Unido se ha reducido en torno a un 4% desde entonces, y el comercio un 15%. Del sistema sanitario, mejor no hablamos.
El cuestionamiento del cambio climático es quizá otro los ejemplos más claros de malas ideas. No porque no existan debates legítimos sobre los costes, los ritmos o las prioridades de la transición energética, sino porque la ultraderecha ha decidido ir mucho más allá al convertir su negación en una posición ideológica. La consigna drill, baby, drill del presidente de EEUU resume bien esa lógica: frente a un desafío que exige conocimiento, cooperación y planificación, la respuesta es deliberadamente simple: extraer más, consumir más y presentar cualquier límite como una imposición intolerable a la libertad.
El tercer ejemplo exige algo más de cautela, pero también podemos meterla en el catálogo de las ocurrencias de moda: adelgazar el Estado. Y es verdad que hay normas inútiles, cargas administrativas absurdas y formas de intervención pública que pueden dificultar la vida de ciudadanos y empresas sin aportar demasiado a cambio. Pero una cosa es discutir qué Estado necesitamos y otra muy distinta convertir la reducción de este en una respuesta automática para cualquier problema. Esa es la paradoja de la moda desreguladora: aparece precisamente en un momento en el que las sociedades se enfrentan a transformaciones que van a exigir más capacidad de lo público y mejores instrumentos de protección colectiva. Lean a la economista Mariana Mazzucato para entenderlo mejor.
Javier Milei representa la versión más explícita de esa pulsión, con la motosierra convertida en metáfora de gobierno. En Europa, partidos como Vox han incorporado a su repertorio una crítica parecida, aunque adaptada al lenguaje de la soberanía nacional: Bruselas legisla demasiado, las normas europeas condicionan en exceso a los ciudadanos y la regulación se presenta casi siempre como una intromisión en nuestras vidas. De nuevo, el problema no está en discutir si una norma concreta sobra o debe simplificarse, sino en tomar la parte por el todo y hacer de las desregulación una identidad política en la que apenas cabe la reflexión y mucho menos el conocimiento de lo que implica.
Pero mientras se promete menos Estado, menos impuestos y menos regulación, algunos de los principales protagonistas de la revolución tecnológica, como el CEO de Anthropic, Dario Amodei, nos advierten, por ejemplo, de que el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo puede ser mucho más profundo de lo que pensamos. Si una parte relevante de los empleos desempeñados por las clases medias se ven amenazados en pocos años; si la riqueza generada por la automatización tiende a concentrarse en un número reducido de empresas y propietarios del capital; y si la capacidad de negociación de millones de trabajadores se debilita, entonces la pregunta no es cómo hacemos desaparecer al Estado, sino qué Estado necesitamos para que esa transición no desemboque en más desigualdad y menos democracia.
Lo común a todas estas ideas no es solo que sean malas, sino que son malas de una manera muy particular: resultan políticamente atractivas, prometen soluciones fáciles e inmediatas y, sobre todo, permiten señalar un culpable reconocible: Bruselas, los ecologistas, los inmigrantes, los impuestos o el Estado. Desde el punto de vista electoral pueden ser extraordinariamente eficaces, pero desde el punto de vista de los ciudadanos son todo lo contrario.
Esa es la gran trampa de las ideas de bombero: funcionan muy bien para conquistar el poder, pero son un desastre para una sociedad que necesita algo más que culpables, consignas y promesas imposibles.
Suscríbete para seguir leyendo
- Así es el restaurante de Ander Herrera en pleno centro de Zaragoza: cocina tradicional, diseño moderno y alma zaragocista
- El centro comercial Plaza Park de Zaragoza desvela su oferta comercial: estas son las cuatro primeras tiendas que llegarán al complejo
- Un incendio en las Cinco Villas obliga a evacuar tres pueblos de Zaragoza: 'Tiene un gran potencial de destrucción
- Expertos en aire acondicionado y arquitectos coinciden: 'No apuntes el ventilador hacia las personas, ponlo junto a la ventana para renovar el aire de la habitación
- ¿Línea 2 del tranvía en Zaragoza? Natalia Chueca encarga un estudio para unir el eje este-oeste de la ciudad
- El refugio de Elena Rivera (33 años) en Zaragoza: un barrio familiar, vecinos de toda la vida y un edificio histórico
- El bar de Zaragoza que cerró a principios de verano en el mercado de San Miguel anuncia su reapertura: 'Volvemos con más fuerza y más ilusión
- Fin a la etapa de Mariano Aguilar en el Real Zaragoza: el vuelco en el consejo de administración será casi total
