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Opinión

Reforzar la prevención

Los incendios que se están viviendo estos días en varios puntos de España, no solo en Aragón, no constituyen un episodio excepcional, sino la expresión de una realidad que previsiblemente será cada vez más frecuente y que obliga a asumir que el principal reto ya no consiste únicamente en reforzar la capacidad de extinción, sino en reducir la vulnerabilidad del territorio. La simultaneidad de los fuegos, en plena ola de calor, ha obligado a todos los efectivos desplegados a repartir recursos y establecer prioridades, concentrando buena parte de sus esfuerzos en la protección de la población y de las zonas habitadas. Las condiciones meteorológicas explican una parte importante de lo que está sucediendo, ya que las altas temperaturas, la baja humedad y el viento favorecen incendios más intensos y difíciles de controlar, pero el problema responde también a factores propios de cada territorio, donde el abandono progresivo de la actividad agraria y ganadera ha favorecido la acumulación de combustible en los bosques, mientras que el crecimiento de urbanizaciones en contacto con la masa forestal ha incrementado la exposición de personas y viviendas al riesgo.

En tales circunstancias, los expertos coinciden en que el objetivo no puede seguir siendo aspirar a evitar todos los incendios, sino reducir la probabilidad de que los fuegos alcancen una intensidad que haga imposible su control y comprometa la seguridad de la población, lo que exige asumir que ese riesgo existe y que la respuesta pasa por adaptar el territorio a esa realidad, más que por confiar exclusivamente en la capacidad de extinción.

Por ello, la prevención resulta cada vez más importante. Mantener las franjas de protección alrededor de las urbanizaciones, reforzar la autoprotección de las viviendas, incorporar criterios de mayor prudencia en la planificación urbanística y gestionar de forma continuada la masa forestal son medidas conocidas desde hace tiempo, cuya aplicación ha sido desigual y que, según insisten los especialistas, resultan imprescindibles para reducir el impacto de los grandes incendios.

Esa gestión pasa también por recuperar actividades que durante décadas contribuyeron a dar valor económico al bosque y, al mismo tiempo, limitaron la continuidad del combustible, como el pastoreo, los cultivos, los aprovechamientos forestales o el uso planificado del fuego en determinados espacios, configurando un paisaje en mosaico con mayor capacidad de resistencia frente a incendios de gran intensidad. No se trata de recuperar un modelo económico del pasado, sino de incorporar instrumentos que permitan adaptar el territorio a unas condiciones climáticas y ambientales que ya han cambiado.

Las comunidades disponen de unos servicios de emergencia altamente preparados y eficientes, pero la experiencia de los últimos veranos muestra que la capacidad de respuesta difícilmente podrá compensar, por sí sola, las carencias acumuladas en la gestión del territorio. La capacidad de respuesta seguirá siendo indispensable, pero solo una apuesta sostenida por la prevención y la gestión del territorio permitirá reducir el impacto de los grandes incendios forestales en un territorio donde el fuego forma parte del funcionamiento del ecosistema.

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