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Opinión

Una víbora

Rinden en la más sectaria Cataluña homenajes a un Jordi Pujol que ha conseguido, una vez más, burlar a la justicia, y que, satisfecho y sacando pecho se deja cortejar por la historia, dispuesto a trascender como prohombre, profeta, mártir, o todo a la vez.

En realidad, Pujol no es más que el político más artero, tramposo, manipulador, mezquino y mentiroso de la Transición política española. Su estrategia política, mantenida a lo largo de sus veintitrés años (1980-2003) de «dictadura» (la expresión es de Josep Tarradellas) al frente de la Generalitat, no ha consistido en otra cosa que en chantajear el gobierno español una y otra vez, un presidente tras otro, una legislatura tras otra, amenazando con despertar las fuerzas independentistas de no recibir dinero, infraestructuras, puertos y aeropuertos, competencias, funcionarios... Negando en su territorio la representación de los símbolos nacionales y arrinconando al castellano en pro de ir construyendo una imaginaria «nación» con los recursos de la nación real a la que Cataluña pertenece desde el principio de los tiempos, como condado, principado, región y comunidad autónoma, nada más. O nada menos, según se mire.

Pujol, en su locura chovinista, en su odio al resto de nuestro país, diseñó un plan particularmente lesivo contra Aragón.

Se trataba, allá por los primeros años ochenta, de dejar a Aragón sin gente, sin territorios, sin símbolos, sin financiación y sin historia. En aquella década, trescientos mil aragoneses abandonaron sus poblaciones natales para emigrar a una Cataluña que les llamaba con mejores salarios y la promesa de vivir regiamente junto al mar. El presupuesto de la Generalitat multiplicaba por treinta el de una Diputación General de Aragón condenada por Adolfo Suárez y por Felipe González a la «vía lenta» de las comunidades pobres. Pujol se apropió de la cuatribarrada, de la Corona de Aragón (en adelante «Corona catalano-aragonesa») de los reyes (que lo fueron de Cataluña, naturalmente) e invadió de propaganda las comarcas catalano-parlantes a fin de anexionarlas. Quería el Ebro, también. Yo conseguí desquiciarlo en una entrevista y pude ver de cerca a aquel vesánico lunático supremacista echando pestes de los aragoneses, en su rencorosa y dañina línea.

¿Un líder, un hombre de Estado…? Una víbora.

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