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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Un cantante en peligro

El actor José Luis Esteban ha debutado en la novela con Malaria (editorial Pregunta), un thriller muy personal, que se lee como una novela negra repleta de episodios, acción y, por supuesto, personajes. Caracteres que representarían una parte o espectro de la sociedad actual si miramos hacia la noche, o solo de noche a quienes de día ocultan demasiadas cosas, instintos y caretas como para convertirse en verdaderos personajes y poder introducirse en la piel de una novela.

Ésta de José Luis Esteban, suponiendo un brillante debut, debe su título, Malaria, al mote de un cantante que, siendo artista de talento y habiendo gozado de su oportunidad, se gana la vida en pianos-bar, en garitos de costa, en ferias. Todos hemos conocido a alguno: ese pianista alcoholizado tocando con su raído blazer en el hall de un hotel; ese vocalista reciclado en orquestas de mala muerte; ese instrumentista que llegó a grabar sus melodías pero que vive de interpretar las canciones del verano. Supervivientes, aventureros, estrellas extintas que, sin embargo, como espejos entre el polvo de buhardillas abandonadas, todavía son capaces de reflejar algo, una pequeña parte del brillo que emitieron, de la arrebatadora personalidad que en escena levitaba como en plena juventud a quienes solo querían disfrutar de la vida.

El héroe de Esteban hace tiempo que dejó de soñar, aunque no de invitar a hacerlo a alguna mujer que casualmente podía encontrar en él, en su mortecino espectáculo, un fuego fatuo sobre el que reanimar las brasas de su consumida pasión. En alas de un amor casual, el cantante liará parda una entrega, se jugará el tipo y huirá perseguido por una serie de sujetos como escapados de una película de Tarantino, pero más españoles, y algunos bien aragoneses, que la tortilla de patatas o esos juramentos que en modo de monólogo interior (recurso ampliamente empleado en el libro) nos revelan la más íntima manera de pensar de algunos de los protagonistas.

Violencia, sí, descacharrada, torpe y brutal; pero también humor, ironía, paradoja, y una rara, tierna y poética dulzura envolviendo el cónclave de perdedores, el aquelarre de asesinos, para concluir la trama de Malaria con una sonrisa tropical y el triunfo del pícaro sobre el gángster, de la inteligencia sobre la amenaza, de la historia sobre la mera noticia.

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