Opinión
Clásicos conectados y sin filtros
Marguerite Yourcenar nos recuerda cómo «Homero nos enseñó que viajar es también aprender quiénes somos»
Ahora que en menos de una semana llegará La Odisea inglesa y USA de Nolan en rabioso IMAX, más allá de amortizar los 250 millones de dólares que ha costado veremos la obra de un cineasta casi siempre innovador, ambicioso y visionario, audaz y complejo, capaz de establecer nuevas arquitecturas cinematográficas en cada uno de sus trabajos. También asistiremos a la actualización del poema épico de Homero, una maravillosa excusa para regresar con ahínco a la Antigüedad. Como escribía José Saramago en El viaje del elefante, «siempre acabamos llegando adonde nos esperan». Cantos, pues, a la perseverancia y también a la fidelidad, ambas gestionadas con suma inteligencia y épica gratitud. Aunque, como sucedía con Sísifo, «el verdadero viaje de Odiseo no termina nunca», advertía Nikos Kazantzakis.
Borges decía que La Odisea era el libro más antiguo y también el más moderno. Como la propia académica Mary Beard afirmaba en Mujeres y poder, «confluyen en nosotros toda clase de influencias diferentes y encontradas, y por suerte nuestro sistema político ha derribado muchas de las convicciones de género de la Antigüedad, pero aun así, nuestras propias tradiciones de debate y discurso público, sus convenciones y normas, siguen todavía, en gran medida, la estela del mundo clásico». Con más sosiego, ella habla ahora sobre las dificultades que tuvo para descubrir cómo sonaba «la voz de una mujer en clásicas», y cómo aprendió a transmitir su entusiasmo por el mundo antiguo.
Es por ello que su nuevo volumen titulado Clásicos sin filtros, bajo el sello de Crítica en Editorial Planeta, cobra especial relevancia gracias a su sensible diagnóstico sobre el impacto de un mundo antiguo no tan remoto. Desde su inagotable curiosidad, lo primero que hace Mary Beard es desmontar tópicos, suavemente, para conectar con temperamento y sin nostalgia en las vértebras del tiempo, ése que une a las ausentes Grecia y Roma con los latidos más presentes y casi futuros. Unos postulados no tan lejanos a los que el propio Italo Calvino utilizaba en su Por qué leer los clásicos (1991), donde ya apuntaba que un clásico es un libro «que nunca termina de decir lo que tiene que decir».
«Cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad», decía Calvino sobre estos clásicos. Aquí, la catedrática en la Universidad de Cambridge, fellow del Newnham College y profesora de literatura antigua de la Royal Academy of Arts profundiza con añadidura: «Los griegos y los romanos están muertos desde hace tiempo, no pueden responder y uno puede decir lo que quiera sobre ellos. El simple hecho de que los clásicos no pertenezcan a ninguno de nosotros los convierte en un espacio seguro en el que debatir sobre los temas más candentes a los que hoy nos enfrentamos».
«Para afirmar lo obvio y evidente: por más que aborrezcamos el fascismo y el racismo, a nadie se le ocurre que la tergiversación del mundo clásico sea uno de los delitos más graves cometidos por los fascistas y racistas. Siento algo parecido en relación con el ‘milagro griego’. Esta clase de admiración miope por la Antigüedad clásica distorsiona los hechos, elige lo que le conviene del pasado y estropea gran parte de la emoción que los clásicos pueden ofrecer. Tan solo puede apuntalar una visión falsamente jerárquica de la cultura del mundo: lo clásico en la cúspide, todo lo demás debajo; Occidente vence al resto. (Falsa porque la ‘civilización’ no es una competición, sino que aparece de muchas maneras diferentes, como el autor de La Odisea ya reconoció)», matiza la experta.
Recuerden también lo que Mary Beard escribía en SPQR: «En su ignorancia lo llamaron civilización, pero en realidad era parte de su esclavitud». Humanitas vocabatur, cum pars servitutis esset. En Clásicos sin filtros, en cambio, desarrolla su mirada desde una «historia de exclusión», por y para el inicio del asombro y su curiosidad por el mundo antiguo: «Espero haber contribuido a hacer que algunos de los excluidos del mundo antiguo, como el ‘muchacho que con su aliento empañó el cristal’, se sientan parte del ‘nosotros’ que puede disfrutarlo, ya sea en el aula, a través de la radio y la televisión, o de la escritura. Espero haber conseguido que los clásicos le hablen a más gente, de todos los orígenes, dondequiera que se encuentren».
Galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016, Beard es doctora honoris causa por múltiples universidades pero, en el recorrido, su nuevo libro goza de un especial regusto de lo británico. El Imperio británico impregnó los estudios del Imperio romano de un particular sabor que no se encuentra de la misma manera en ningún otro lugar. Para ella, Reino Unido ha sido más polémico. Y es que en Cambridge aprendió muchísimo, «enseñando a estudiantes de toda Europa que venían con conceptos ligeramente diferentes sobre lo que era el mundo antiguo y lo que podían obtener de su estudio», asevera.
Como acostumbraba a poner de manifiesto en sus ensayos, Marguerite Yourcenar nos recuerda cómo «Homero nos enseñó que viajar es también aprender quiénes somos». Sirva esta máxima para la lectura de este emocionante Clásicos sin filtros, disfrutar en los Palafox o Aragonia del próximo estreno de La Odisea o, simplemente, avanzar unos pocos kilómetros en el devenir de nuestra vida para aprender, en otro espacio y tiempo, sobre la pequeñez a la que todos y todas estamos llamados.
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