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Opinión | SALA DE MÁQUINAS

Un enigmático autor

Ese enigmático y extraordinario autor que es David Gascón regresa con otro de sus inclasificables libros: El arte de las sombras (The art of shadows), publicado por Letras del Caos. Científico de profesión, Gascón ha sido distinguido por la Real Academia de Ingeniería y por el prestigioso MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts). Bajo el seudónimo de David Meister produce e interpreta música electrónica.

El arte de las sombras es un libro complejo, pero inteligible, confeccionado a base de epigramas, opúsculos, fragmentos, reflexiones de orden psicológico, filosófico y moral, en una clave de búsqueda de la propia identidad. Algunos de los pensamientos aquí escritos proceden de libros anteriores del autor –Memento mori o El Laberinto del iris–, tratándose, sin embargo, la mayoría, de nuevas y frescas ideas.

Muchos de los temas contenidos en este singular ensayo a una mayoría de lectores, de personas, no solo les atañerán sino que, es seguro, vendrían inquietándoles o preocupándoles hondamente, aflorando ahora de una manera tumultuosa pero ordenada en estas páginas (que son de color negro, con letras blancas y párrafos en castellano e inglés, e ilustraciones de artistas relacionados con el proceso creativo de Gascón): la consciencia del ser, nuestra posible existencia antes y después de la muerte, el significado de ésta, las constantes mutaciones a que cualquier individuo está sometido, la división del tiempo, del espacio, la sospecha de que haya nuevas dimensiones a la vuelta de una nueva percepción estimulada bien por revolucionarias técnicas de aprendizaje, bien por métodos químicos...

En El arte de las sombras no solo se vierten reflexiones sobre «el otro» (ése que nos habita, insinúa el autor); también «zonas narrativas» por las que la lectura se desliza sin necesidad de meditar sobre el contenido de los adagios filosóficos. Son atmósferas lumínicas o demoníacas, no hay término medio. Bien experimentaremos el inasible placer de la comunión con lo existente, bien nos disgregaremos, como la propia materia, en ácidos y viscosos elementos. Espejos que nada reflejan, suelos que se hunden como si fueran de alquitrán, corazones de obsidiana, mentes fraccionadas... Todo un universo que habría fascinado a Poe o a Lovecraft tanto o más que a nosotros.

Sobre todo, original.

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