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Opinión | EL ARTÍCULO DEL DÍA

La tarea que nos deja el incendiode la Sierra de Alcubierre

Hay paisajes que condensan la historia y el carácter de una tierra. El horizonte que forman la Sierra de Alcubierre y las estepas de Los Monegros ocupa un lugar especial en el imaginario de varias generaciones de aragoneses. Sus laderas, otrora escenario de resistencia frente a los avatares de la historia, encarnan hoy otra forma de resistencia, más cotidiana para quienes la recorren a pie, en bicicleta o simplemente la viven desde sus labores diarias: la de una gran masa forestal, hoy más vulnerable, que emerge sobre las estepas de Los Monegros como refugio de vida en uno de los territorios más áridos de España.

El fuego que la azotó hace apenas unos días ha añadido una nueva cicatriz a la vieja sierra. Esta vez, no la abrió un episodio bélico, sino el desafío ambiental más importante de nuestro tiempo.

En plena tercera ola de calor del año, la segunda del verano –después de una primera en mayo, que cerró con una anomalía térmica de +1,4 ºC y récords de temperaturas–, los árboles se han convertido en el bien cada vez más preciado. Lo han sido siempre en esta árida porción del valle del Ebro, como los son incluso más en unas ciudades y espacios transformados que cada verano soportan temperaturas más difíciles de habitar.

El clima está cambiando más deprisa de lo previsto. Europa ya es el continente que más rápido se calienta del planeta, y el valle del Ebro figura entre las zonas donde las olas de calor serán más frecuentes, largas e intensas. Entre todas las amenazas que dibujan esos escenarios, la desertificación interpela directamente a aquello que nuestros sentidos y razón demandan para paliar el calor extremo: sombra, humedad, vegetación y refugio.

Sin embargo, hay un dato que de manera engañosa podría parecer incompatible con ese temor. Las cifras de evolución de los usos del suelo recogidas en el Corine Land Cover reflejan que durante las últimas décadas la superficie forestal ha aumentado en Aragón en algo más del 5,5%. También en Los Monegros: desde algo menos de 48.300 hectáreas hasta superar las 49.180 has.

Y a pesar de ello, el cambio climático y el abandono rural están haciendo nuestros bosques más vulnerables. El incendio de la Sierra de Alcubierre es un ejemplo elocuente. En apenas unos días han ardido más de 3.000 ha. Es decir, más del triple de la superficie que la cubierta forestal ha ganado en la comarca a lo largo de las tres últimas décadas.

En pocas semanas, los grandes incendios registrados en Aragón han quemado más de 7.500 hectáreas, anticipando el tipo de veranos que el cambio climático hace cada vez más probables.

No podemos resignarnos. Sabemos desde hace décadas qué está provocando este calentamiento y, sin embargo, hemos seguido aplazando decisiones fundamentales. Casi la mitad de todos los gases de efecto invernadero emitidos históricamente se han liberado después de 1990, el mismo año en que el IPCC alertó de que la actividad humana estaba alterando el clima del planeta.

La emergencia ya está aquí. El primer paso es tomar conciencia de su gravedad. El siguiente, actuar en consecuencia.

Hay algo en nuestra naturaleza que nos hace valorar más lo que se desvanece que lo que permanece. Cantamos lo perdido, lamentamos lo que ya no está y convertimos en memoria aquello que no supimos cuidar a tiempo. No deberíamos cometer ese error con Alcubierre, ni con tantos espacios que afrontan hoy el desafío de adaptarse a una nueva realidad. Todavía estamos a tiempo de decidir qué paisaje heredarán quienes vengan detrás.

Los vecinos y vecinas de sus pueblos no dudaron en poner su esfuerzo, y algo más que su esfuerzo, hombro con hombro junto a quienes luchaban contra las llamas. Los servicios de extinción merecen todo nuestro reconocimiento. También quienes, desde sus tractores, sus explotaciones o sus hogares, sintieron que las llamas amenazaban el bosque y, sobre todo, su permanencia ligados a este territorio ya tan castigado. Su mirada busca ahora la nuestra: la de la ciencia, la de las administraciones y la del conjunto de la sociedad.

Porque el mejor homenaje que podemos rendir a la Sierra de Alcubierre es festejar entre todos y todas que siga estando.

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