Opinión | SALA DE MÁQUINAS
El ‘crack-up’
El hecho de que Francis Scott Fitzgerald no se pase de moda viene a anular la condena de temporalidad con la que se le etiquetó como un supuesto producto de los «felices años veinte». No tan dichosa aquella década del XX, habría que empezar considerando, como tampoco la vida del escritor fue un lecho de rosas.
La cama que compartía con Zelda, aquella legendaria belleza sureña de la que se enamoró y a la que conquistaría gracias al éxito de su primera novela –A este lado del paraíso–, estaba sembrada de espinas. Las vidas de Francis y Zelda, exageradas, románticas, agudizadas por el alcoholismo, el estrés, por su propia e íntima relación y por la vida social que mantuvieron, tal vez a su pesar, con aquellos que, siendo mucho más ricos que ellos, se dejaban representar por el simbólico matrimonio Fitzgerald, se revelaría finalmente en clave de esquizofrenia.
Entre un viaje y otro, una y otra pelea, cura, internamiento, descenso a los infiernos, a Scott le dio tiempo para escribir unas cuantas novelas más y una magnífica tanda de relatos, algunos de los cuales recupera ahora el sello Edhasa con el título de Cuentos selectos y la traducción de Carlos Gamerro.
En el índice destacan algunas de las piezas justamente legendarias: El caso de Benjamin Button, Babilonia revisitada, El crack-up, Pat Hobby y Orson Welles y media docena de relatos largos más que, espigados con buen criterio del canon, abarcan buena parte de los períodos y estilos del escritor, así como algunos de sus principales y recurrentes temas.
En conjunto, tal vez el secreto de la permanencia y universalidad de Fitgerald, y de su actualidad, no sea tanto la brillantez de sus personajes y situaciones, y de la propia prosa, como ese cierto desencanto que se agrega a las tramas apenas sus primeros capítulos han quemado los fuegos artificiales del efecto inicial. La duda, la infidelidad, la ligereza de casi todo, la superficialidad de muchas de las actitudes, en particular de los más poderosos, la sombra de la derrota o la amenaza de la soledad serán fuerzas que asimismo confluyan en las tramas, equilibrando su optimismo con posturas más escépticas y una ironía de fondo que sienta bien a todos los cuentos.
Una lectura (o relectura) para los años veinte (pero de este siglo).
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